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    Fotos flashmob de Barquitos de papel

    Víctor Solano | Redes sociales, Zona Crónica | Jueves, Diciembre 21st, 2006

    Este flashmob tuvo de bueno que fue más flash que el de la guerra de almohadas. Muy puntuales, a las 7:00 p.m. los 22 desconocidos que nos encontramos en la fuente del edificio de Bancafé, le tiramos nuestros barquitos al viento y estos se entregaron a las apacibles, pero puercas aguas.

    La verdad es que no sé si luego ese lugar se llenó porque en este flashmob tenía la convicción de que debía cumplir con el precepto de que una vez hecha la ‘pilatuna’, la masa debería dispersarse silenciosamente en la noche. Por esa razón, con mi blogueril familia echamos los barquitos ante la mirada enternecida de algunas oficinistas a las que algún jefe malvado habría detenido cinco minutos antes de las 5 de la tarde para hacer algún reporte innecesario y por eso salían a las 7:04, para tropezar con una flota liliputiense avizorada por unos cuantos desocupados que veíamos fascinados los caprichos del viento en las proas de nuestras naves.

    A los cinco minutos me fui, como algunos más que con la misma sensación abandonaron la fuente. Camino a un restaurante del sector, nos cruzamos con al menos dos parejas y un grupo que subían por la calle 72 desde la carrera 11. Algo inseguros, apuraban el paso y retocaban sus embarcaciones en bond A4. Tal vez creían que como en la guerra de almohadas, si llegaban tarde no pasaba nada.

    Estábamos tres generaciones: La de mis hijos (representada solo por ellos dos); la que llamo de los ‘flicker’s (casi todos eran pertenecían a ésta) entre 17 y 23 años y unos tres ‘cuchos’ que en medio de nuestra ‘treintañez’ gozábamos como los primeros y los segundos.

    La predicción del asustadizo vigilante se cumplió. Muy disciplinado, el hombre de la chaquetilla azul con borde gris y el texto de “Seguridad privada” apareció y con tono marcial dejó su dedo índice suspendido en la gravedad del lugar mientras movía el resto de su humanidad adornada por su elegante bigote boliviano para decirnos que estaba prohibido tomar fotos. Le dije una sola vez que estábamos en un lugar público, pero no tenía alientos de argumentarle, por lo que le dejé sentir que vencía. Pobre, él no tenía la culpa de que en la Academia de Seguridad Privada Winston Churchill Security le hubieren preparado para la evacuación de un edificio en llamas, una incursión de una banda de atracadores y hasta un ataque de la guerrilla, pero jamás para la embestida de un desaliñado y heterogéneo ejército de fabricantes artesanos de barquitos de papel.

    Creo que falló la hora. A las 5 de la tarde habría tenido más impacto entre el público de oficinistas e incluso algunos de ellos se habrían sumado como en una imagen cliché de ejecutivos pensando en libertad…

    Otros cronistas más aventajados nos contarán mañana qué más ocurrió.

    • Las pocas fotos, más bien malitas porque fue otra tarea clandestina, las pueden ver aquí.

    11 comentarios

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