– “Apurémosnos, que Chávez, el venezolano, va a hablar hoy en el ‘Félix’. Si llegamos tarde no conseguimos silla”. Imaginaba que estaría lleno el auditorio Félix Restrepo de la Universidad Javeriana. Unos afiches en papel periódico e impresos en alguna tipografía de La Candelaria anunciaban la conferencia de un señor que venía de Venezuela y que hacía unos años había dado un fallido Golpe de Estado en su país. Ese día se preparaba en una pobre, pero ambiciosa campaña para ganar las elecciones de la patria de Bolívar.

Curiosamente no recuerdo en qué año fue este encuentro, pero si la hora. A las 6 de la tarde comenzaría la conferencia de Chávez. Con mi novia teníamos claro: Que aunque no nos gustaba Chávez, precisamente había que ir a oírlo para ver qué proponía y cómo lo hacía. De alguna manera sentíamos que iríamos a escuchar a un personaje histórico, que por aquellas épocas nos sonaba como alguien pintoresco, como una especie de Abdalá Bucaram, ‘el loco’ que gobernó en Ecuador.

Pensábamos que estaría lleno. Faltando cinco minutos y con la respiración aún empeñada, nos dimos cuenta que estábamos prácticamente solos. Chávez no había llegado y adentro del ‘Félix’ estaban tal vez otros cuatro estudiantes. Dijimos que quizás era en otro salón, pero otro nos confirmó que en efecto, estábamos en el lugar correcto. La probabilidad era, entonces, que Chávez hubiese cancelado y en el Auditorio estuviésemos seis despistados. Tampoco. Le dimos un compás de espera de diez minutos o si no nos íbamos.

De pronto, una pequeño grupo de personas se acercó a la puerta del auditorio y allí, al frente, la figura del venezolano, con su corte de cabello perfectamente miliciano y rodeado de algunos colombianos del desaparecido M-19. Eran sus anfitriones. Apenas llegó se dio cuenta de la triste realidad: Había más personas para las sillas en la tarima (unas ocho tal vez) que para las casi 200 Rimax que permanecían vacías para una supuesta multitud incontrolable. Debo decir que otros en su lugar probablemente hubieran desistido de entrar o hasta habrían propuesto comenzar más tarde. El barinense Hugo Rafael Chávez Frías desafió el vacío y con gran dignidad se acercó a cada uno de los que allí estábamos. Nos saludó estrechando nuestras manos con las suyas, las de alguien que menos mal no es proctólogo y con firme decisión nos preguntaba el nombre y asentía con un gesto amable.

La cantidad de personas daba perfectamente para una tertulia con chimenea de fondo, pero la atmósfera casi ceremonial y su monólogo empedernido cerraron esa posibilidad. Esa noche evocó pasajes de cuando encabezó un intento de Golpe de Estado en contra del gobierno de Carlos Andrés Pérez, contó cómo Bolívar era su faro casi religioso y cómo Venezuela estaba sufriendo una pobreza menos que franciscana. Nos dijo que él quería ser Presidente para acabar con eso. Su discurso ya nos parecía bastante populista, pero francamente nos daba pena ser los culpables de casi el 35% del abandono de su auditorio. Esperamos con paciencia estoica. Ya advertíamos peligro en sus intenciones políticas, sentíamos el esbozo de un pequeño Napoleón del Orinoco que esa noche vestía un traje caqui, algo raído y con boina vinotinto que ya anunciaba entre líneas su sueño de una Suramérica unida y me atrevo a decir, pero más como interpretación, que anhelaba un continente socialista.

Pasada hora y media, y sospechando que la ex Miss Universo Irene Sáez tendría más posibilidades de ganarle en las contiendas electorales, mi novia y yo fuimos ese alto porcentaje que pudorosamente abandonaba el auditorio mientras Chávez dibujaba más bolivarianidades en el aire. Lástima. De haber sabido que ese Chávez más flaco que el que hoy se posesionó por tercera vez me habría quedado para grabar más en la retina su discurso, figura, gestos y hasta detalles del labrado de sus suelas. Todos estos años siempre me extrañé de la razón por la cual más universitarios no asistieron esa noche bogotana.

El Chávez de hoy viste con paños elegantes y fotogénicamente labra su identidad apuntando a horizontes invisibles para que su imagen quede registrada en los daguerrotipos de la historia como un visionario. El día que conocí a Hugo Chávez sospechaba la estatura de sus ambiciones, pero no la de sus alcances.