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    García Márquez, el jefe que no conocí

    Víctor Solano | Periodismo, Zona Crónica | Martes, Marzo 6th, 2007

    No hace falta presentar a Gabriel García Márquez. Quizá por ello, nunca me lo presentaron cuando durante dos años fue mi jefe. Hoy cumple años. Ochenta.

    El hijo del telegrafista de Aracataca -a quien la vida lo llevó a fumarse como juglar trashumante los rincones del Caribe, emborracharse con ron y con los aromas del mercado de Bazurto y las hojas de gualandayes- descubrió desde muy joven que no tenía el derecho para embutirle al mundo un abogado más y que era más necesaria la lectura juiciosa de Joyce y de Virginia Woolf, fieles abonos que ayudaron a sembrar el contador de historias que habitaba en las entrañas del niño criado por sus abuelos Nicolás y la nube de mujeres resueltas de su casa paterna.

    ‘Gabo’ supo aderezar las historias que brotaban silvestres en los calurosos caminos del Magdalena de primera mitad del siglo XX y le puso la impronta de la narrativa cuidada celosamente, de la palabra elegida con sigilo. A veces pensamos que los textos del Nobel son explosiones de ingenio, espontaneidad derramada en una Remington. La verdad es que de lo que he podido leer sobre el momento de escritura en él, se trata de un riguroso proceso en el que las palabras se depuran unas a otras y en el que la sintaxis en una delicada filigrana gramática.

    El Gabo que hoy festejan es el que cumple 80 años de nacido, 40 de Cien años de Soledad y 25 de haber recibido el Nobel en la fría Estocolmo. Yo me quedo con el García Márquez que escribía apuradas notas de cualquier cosa con las que costeaba sus malos dormideros en hoteles con putas extrañadas por los gracejos del flaco bigotudo; me quedo con el García Márquez que extasió a los bogotanos de comienzos de 1955 con la dinámica de entregas en donde dio cuenta del contrabando en buques de la Armada Nacional que dejó como testigo el Relato de un náufrago, fino reportaje a la aventura de Luis Alejando Velasco y su deriva de diez días en altamar.

    Pero debo decir por segunda vez, que prefiero, aún así al García Márquez narrador por su prosa creíble a pesar de las elevaciones mágicas, que al Gabo periodista por su militancia política. Hay ciertos reportajes compilados en antologías como Por la Libre en los que su compromiso con su ‘verdad histórica’, a mi gusto, le da sabor a sus textos, pero le quita trazas de confiabilidad. Paradoja esa en la que su ficción me resulta de los más verosímil y su periodismo militante me despierta sospechas…

    El Gabo narrador es muy difícil de superar. Me encanta su arquitectura literaria con la que soporté una fiebre que durante unas vacaciones me acompañó por más de veinte días. ¿Imaginan una fiebre con los enredos de los ‘Aurelianos’ y los ‘José Arcadios’ peleando? Creo que la mitad de lo que recuerdo de Cien años de soledad es muy posible que sea una invención de mis desvaríos. Volveré a leerla en una fiebre distinta a ver qué sale.

    García Márquez también ha estado en mis horas de soledad en los aviones. Algunos de sus libros los he repasado en varios viajes. En un trayecto México-Sao Paulo, por ejemplo, me soplé de un tirón las memorias de ’sus’ putas tristes y en un Estocolmo-París tuve la tristeza de dejar en la silla su recuerdo hábilmente construido llamado Vivir para contarla. Esa vez casi lloro de pesar porque iba en lo mejor: Su 9 de abril del 48 cuando cuenta cómo se robó una elegante carpeta, de cuero, si no estoy mal y de cómo vio un elegante pero sospechoso hombre que alentaba a la multitud para que linchara a Roa Sierra. Hoy, después de un año de haber concluido su lectura al conseguir un ejemplar en una caseta del Parque Santander por ocho mil pesos, pienso que de manera involuntaria dejé, literalmente, un “libro al viento”.

    Finalmente, cuando trabajé en Cambio tuve la esperanza de conocerlo pero nunca llegó ni asomarse en su revista. Ni en las asambleas de accionistas. Mauricio Vargas, María Elvira Samper, Pilar Calderón, Roberto Pombo y Ricardo Ávila,a quienes los periodistas y empleados administrativos llamaban ‘El Olimpo’, viajaban hasta el DF para reunirse con el chamán. Así las cosas, su figura era sencillamente un mito viviente que de vez en cuando se explotaba con ‘especiales’ o con eventuales reportajes escritos por él. Fue mi jefe, pero como si no. Lástima. Lo sigo percibiendo como cualquiera que lee sus libros, que garabatea con las palabras y que jamás estará a una altura literaria en su periodismo.

    Feliz cumpleaños don Gabriel.

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