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    ‘¡Seguimos adelante!’: Los primeros 120 años de El Espectador

    Víctor Solano | Periodismo, Medios Colombia, Clásicos | Miércoles, Marzo 21st, 2007

    El domingo por la noche estaba preocupado. No había tenido tiempo de buscar la primera de las dos ediciones que anunció El Espectador para celebrar sus primeros 120 años; a las 7:40 p.m. Hallé el último ejemplar que quedaba en uno de los Carulla de Chapinero. Es un lujo (la edición, no el Carulla).

    En la primera página reproduce el facsímil del 22 de marzo de 1877 cuando salió a la luz pública en esa Medellín provinciana. Y la verdad es que fue una primera página muy publicitaria. Allí se anuncian “Manuel J. Álvarez, agente de negociación, comisionista, consignatario y comerciante en libros y útiles de escritorio”; “Rafael Uribe U, abogado… A una cuadra arriba de San Juan de Dios”; el calzado de Jorge y Francisco A. Ángeles que dice que “lo hay muy elegante, de marroquín y de becerro a 10 pesos con 5 centavos…”

    De esa forma nacía -concebido como un “periódico político, literario, noticioso e industrial”- este medio de comunicación de la mano de don Fidel Cano Gutiérrez, que ya había sido rector de la Universidad de Antioquia y que a sus 33 años se embarcó en esta aventura empresarial. El Espectador se vendía en las calles los martes y viernes por 20 centavos y era impreso en una artesanal prensa Washington que sentaba sus pesadas patas en una vieja casa en la calle El Codo, aledaña al parque Berrío.

    Apenas 138 días después de fundado recibía por telegrama su primera notificación de cierre, expedida por el Ministerio de Guerra. Luego, como lo relata el mismo periódico en su edición de lujo, vino una serie de adversidades donde se cuentan los duros caminos que emprendió el medio de los Cano para sobrevivir con sus ideas sobre la libertad de expresión y la necesidad de una prensa independiente. Así, resistió los cierres de los gobiernos de Rafael Núñez y de Rafael Reyes. Fue un peródico, que al lado de El Relator, de Santiago Pérez, no pudo circular durante la Guerra de los Mil días (1899 y 1902).

    De igual forma, resistió la por entonces muy peligrosa sanción moral de la Iglesia, de la mano del obispo de Medellín Bernardo Herrera Restrepo: “Decretamos: Ningún católico de nuestra diócesis puede, sin incurrir en pecado mortal, leer, comunicar, transmitir, conservar o de cualquier manera auxiliar el periódico titulado El Espectador…”. Hoy esta sanción solo produciría hilarantes comentarios por su anacrónico sentido.

    Esa fue, sin duda, una época muy dura, la relacionada con lo que podríamos llamar el ‘mito fundacional’, pero vinieron otras igualmente duras porque la censura se instalba de otras formas. El caso más sonado en los años ochenta fue cuando el diario publicó en abril de 1982 la “grave denuncia” de Hernán Echavarría Olózaga en la que este determinaba que el gobierno de Turbay Ayala (1978-1982) amparó descaradamente los intereses del Grupo GranColombiano, en esa época tan o más fuerte que los Santo Domingo y Ardila Lülle. El Espectador inició serias investigaciones periodísticas y la respuesta de los directivos fue un bloqueo publicitario, supremamente duro que dejó agonizante al diario de los Cano. Desde entonces no tengo ningún servicio de ese grupo económico y evito hasta donde sea posible frecuentar el Centro Comercial Granahorrar (ustedes dirán que ni pellizco con esa decisión al Grupo, pero es cuestión de principios).

    Posteriormente, otras formas de violencia atacaron mortalmente a El Espectador. Guillermo Cano Isaza, descendiente de los fundadores del diario, fue cobardemente asesinado el 17 de diciembre de 1986, luego de que destapó con brillantez periodística la figura del por entonces muy prestante Pablo Escobar Gaviria, el capo di capo de la mafia colombiana. Cano -en una anécdota que es ya una leyenda del periodismo sabueso en el mundo- repasaba el rostro del representante a la Cámara (Escobar) y se decía: “Yo esa cara la he visto antes” y bajó al Archivo del periódico y husmeó los meses en los que tenía sospecha. Encontró la foto que había sido publicada años atrás en la que Escobar había sido reseñado por introducir un pequeño cargamento de cocaína a Estados Unidos. A partir de ese momento, Escobar ingresó a la vida clandestina y comenzó su férreo ataque a toda la sociedad, pero especialmente, contra El Espectador. Los anunciantes recibían amenazas en el mismo día en que salía un aviso de ellos en el diario.

    Las amenazas se cristalizaron de manera aterradora no solo con el asesinato de Cano, sino por el atentado con un camión bomba el 3 de septiembre de 1989 que no dejó víctimas mortales pero afectó seriamente la infraestructura física. Mas no los ánimos. De la mano valiente de su co director- José Salgar, El Espectador sacó una edición extra titulada “Seguimos Adelante”, que se convirtió en la consigna para los valerosos colegas en los años siguientes.

    Todos estos acontecimientos llevaron a la dura decisión de vender el diario a un poderoso grupo económico con tal de no ver morir le medio. Un par de años después, el diario dejó esa condición y se convirtió en semanario, un duro golpe a la diversidad de información en Colombia que todavía se siente. Cuando tuve la oportunidad de trabajar en El Tiempo, la competencia con El Espectador era algo que nos tenía vivos a todos los periodistas de los dos diarios y hasta de los demás medios. Todas las mañanas revisábamos el periódico de los Cano y alguno de nosotros soltaba frases como “¡Carajo!, hoy si nos fregaron con esta chiva”, “Hoy les ganamos esta, pero ojo que mañana se vienen con todo. Vi a un periodistas de ellos hablando con la fuente”. Era adrenalina constante. Por esa razón, cuando El Espectador dejó de circular todos los días para concentrarse en la edición de fin de semana me dio mucha tristeza porque al irse la competencia diaria, El Tiempo perdía a su espejo natural y con ello podría flaquear el espíritu de sospecha que todo medio debe tener, la capacidad de sorprender deja de ser obligatoria y se vuelve accesoria. Por eso siempre he dicho que después de la sociedad entera, el que más perdió con la salida de El Espectador fue El Tiempo.

    Actualmente, El Tiempo hace ingentes esfuerzos por lograr una agenda balanceada y capotea no siempre con éxito los ataques de quienes lo desacreditan por su filiación gobiernista, idea argumentada en que el vicepresidente y los ministros de Defensa y de Ambiente pertenecen a esa casa editorial. Sin duda, una presencia más fuerte de El Espectador podría pellizcar más a sus directivos y así estar al nivel de sus periodistas quienes a diario soportan las críticas.

    Hoy, de la mano de Fidel Cano Correa, su actual director y homónimo del fundador, 120 años después de su fundación existe la esperanza de que El Espectador explore con seriedad la posibilidad de volver a ser un diario, por la necesidad de que eso exista para la democracia, para la libertad.

    Amigos de El Espectador: Los ciudadanos que nos preocupamos por el destino informado de nuestra sociedad les auguramos muchos éxitos en los siguientes 120 años y les deseamos de todo corazón un feliz y muy pronto regreso al tiraje diario con el que consolidemos un equilibrio informativo, pilar fundamental de la democracia.

    Preguntas al aire: ¿Qué opinión tiene de El Espectador? ¿Qué recuerdos emergen de este diario? Si existiera una edición diaria de El Espectador elegiría a éste o a El Tiempo? ¿Qué mensaje le daría al actual director de El Espectador?

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