Ayer estuve sitiado por la farándula. Mi casa está en una zona en la que era imposible salir en carro del barrio por la Caminata de la Solidaridad, una marcha trasnochada que le aporta fondos no sé cómo a varios programas sociales.

Es la primera vez que salgo a una cosa así, que yo me acuerde. No lo hice para ver a los artistas, sino para ver a los que ven. Los noticieros de hoy y de mañana dirán algo como: “La lluvia no fue obstáculo para que miles de bogotanos salieran a las calles para ver a sus artistas favoritos…”. Eso o algo muy parecido. Si es RCN, pues saldrán las imágenes de las carrozas de las producciones de ese canal (únicamente) y viceversa si la emisión es de Caracol.

Pues salí a la calle a ver esos rostros empapados de la gente que taponó todos los barrios aledaños con sus atestados viejos carritos de los años 80 y algunos otros más nuevos, con la bolsa llena de chicharrón casero, con la gaseosa de dos litros recalentada, con la camarita de sus teléfonos celulares, pero sobre todo con la esperanza de que sus ídolos, los que se meten a sus salas todas las noches les regalen una miradita y en el mejor de los casos, un autógrafo.

Los alrededores de la calle 72 estaban repletos y lo mismo pasaba en el Museo Nacional, en la 26 y en el Parque Nacional. La fascinación por ver a los ‘famosos’ es alucinante. Ayer veía cómo, aunque el chaparrón encrispara los pelos lacios a las malas de las bailarinas de las comparsas de Curramba y los pusiera a sufrir una hipotermia histórica, la gente seguía allí: persistente y esclavizada hasta ver a la última de las carrozas con un flamante galán de fama efímera.

Yo desconocía a casi todos los que aún tenían alientos para mandar besos desde los carros de bomberos, pero las personas a mi alrededor les saludaba con alborozo, con más familiaridad que con la que se suele saludar a alguien de la misma familia y que no se ve desde hace mucho tiempo.

Las cavilaciones
¿La razón? No lo sé a ciencia cierta, pero sospecho que los galanes, las princesas y los villanos de la tele entran con más facilidad a los hogares que lo que pueden hacer el Estado, la Iglesia y otras instituciones. Incluso, en muchos casos, entran con más frecuencia que lo que algunos de los jóvenes que asistían pueden ver regularmente a sus padres.

En ese sentido, también podría ser injusto calificar de desocupados a todos los que con celebrada paciencia acudieron a esta cita con la ilusión. De igual forma, el Show de las Estrellas, producido por Jorge Barón Televisión y que ha llegado a 1160 corregimientos de 550 municipios, algunos en los lugares más apartados de Colombia, se ha convertido en el evento más importante en la historia de casi todos esos sitios.
Tal vez siga de iluso soñando que algún día los colombianos acudiéramos así, masivamente, para ver desfilar y oír disertar a artistas plásticos, científicos, economistas… Pero no, lo que tenemos son artistas de televisión que son admirados por repetir, ahora, el esquema de la ficción narrativa de la ‘televisión salchicha’, esa en la que se meten todos los ingredientes ganadores de las tramas precedentes: cenicientas, enroque de los pobres y los ricos, humor chabacano en manos de un bufón que se roba el show desde su papel secundario y otras fórmulas que hacen que las novelas colombianas sean tan desgeneradas como las que se producen en México, Argentina, Brasil, Puerto Rico o Venezuela para el mercado de Miami.

Así las cosas, parece que las Caminatas de la Solidaridad seguirán siendo siendo las caminatas de la farándula, la más poderosa influencia que tienen los hogares promedio en Colombia.

Preguntas al aire: ¿Qué opina de la fascinación por los personajes de la farándula? ¿Ha salido a la Caminata de la Solidaridad?