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    Leticia, destino para repetir

    Víctor Solano | Zona Crónica | Miércoles, Octubre 14th, 2009

    Estaba en deuda de escribir, sin mayores pretensiones, sobre la oportunidad que tuve de conocer otros rincones de Colombia. Por cuenta de una investigación en mi oficina en la que tuve que desarrollar trabajo de campo, pude llegar a lugares increíbles como Tumaco, Florencia, Leticia, Belén de los Andaquíes, Tuta, Gama, Gachetá, Ibagué, Coello, Tunja y Villavicencio.

    Algunos ya los conocía, pero aún así fueron redescubiertos por la curiosidad. Hoy quisiera compartir mi impresión sobre Leticia, la capital de Amazonas y uno de los puertos más importantes sobre el río Amazonas.

    Leticia, antes de conocerlo, era para mí un destino exótico, lleno de insectos en el ambiente, serpientes y con un envejecido Kapax (con más de esas boas alrededor del cuello) tratando de capturar los dólares frescos de ‘gringos’ y japoneses con cámaras digitales que tratan de aferrarse a una aventura de safari, pero más barato. También imaginaba un calor infernal y muchos indígenas ‘civilizados’ a la fuerza en medio de un verde embriagante.

    Lo que me encontré fue en efecto exótico. La densidad de la vegetación es apabullante. Desde el cielo se ve un paisaje de árboles apiñuscados unos contra otros, con unas rupturas evidentes en el lienzo: Ríos enormes que en esta zona del país, a pesar de sus caudales respetables, son llamados “caños”, denominación que a los que vivimos en las ciudades solo nos puede parecer degradada. Insectos hay, pero no se sienten en el casco urbano; el calor también aparece, pero una vez que se está en tierra muchos podemos acostumbrarnos rápidamente.

    Los indios sí aparecen en dos ‘formatos’. Los que aparecen ataviados con sus trajes ceremoniales están así para posar en los resorts ante las cámaras de los turistas; los que no, sí han sido embargados por las veleidades de la vida urbana: enchufados a sus iPod, enfundados en sus Nike, tomando Coca-Cola y hablando por celular todo el tiempo. Por supuesto, eso en Leticia, adentro, en la maraña de la selva se siguen conservando intactos los Ticunas, Ingas, Nukaks y Huitotos, entre otros. A Kapax no lo vi, pero me dicen que sigue haciendo lo mismo que suponía.

    Una vez en tierra, la visita obligada es al Parque Santander, en la misma avenida que está el Aeropuerto. Este parque se convierte en el recital de loros más increíble que pueda haber. Hacia las cuatro de la tarde, el canto de miles de loritos en las copas de los árboles de este parque que colinda con la Alcaldía y la Gobernación es sencillamente un espectáculo imperdible.

    Pero aún más inolvidable para cualquiera que lo visite es poder avistar el Amazonas, un mar que se quiere tragar la selva, que no cabe en la retina y que recibe embarcaciones a toda hora desde Manaos en Brasil, o desde Iquitos en Perú. Leticia es internacional porque su vecindario así lo es. Por sus calles transitan carros con placas de Tabatinga y hacen mercado los peruanos.

    Precisamente hasta Tabatinga se llega y se cruza sin ningún problema. A la frontera terrestre hay que verla con mucha atención porque la pequeña señal que distingue el límite pasa inadvertida. El ingreso a Brasil se nota solo cuando cambia el idioma progresivamente en la misma calle y aparecen palabras como Educação. La convivencia es transparente y a primera vista no se identifican racismos en la población.

    A la hora de ir llegando, los viajeros pueden encontrarse con un desafío en el aire: El clima es muy húmedo y llueve casi todos los días lo que lleva a que el avión muchas veces tenga que hacer sobrevuelos debido a que el aeropuerto tiene que cerrarse. En mi caso, el avión iba repleto con una excusión de colegiales que se gozaron las turbulencias del sobrevuelo.

    Aún así, es un viaje altamente recomendable para poder encontrarse con un destino mágico lleno de verde, con un río interminable, con gente supremamente amable.

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