El Héctor Mora que conocí vuelve al ruedo

De niño, los programas del periodista Héctor Mora me atrapaban. Difícilmente me perdía sus correrías por el mundo descubriendo los rincones más apartados de la fría Bogotá. Me decía mentalmente cómo me gustaría acompañar a ese señor en alguno de sus viajes. Muchos años después cuando yo era el de las canas coincidí con él en un viaje.

Cuando los periodistas esperábamos en ElDorado la salida de nuestro vuelo a Barranquilla para un viaje de cortesía al que nos invitaba la Gobernación de Atlántico y el municipio, Héctor Mora apareció como uno más con su pequeño maletín y una sonrisa de oreja a oreja.

Traté de ocultar mi emoción, de fingir que apenas lo conocía y de hacerme pasar por un periodista experimentado que sencillamente compartía un cupo en esa misión. No creo que haya logrado mi propósito porque rápidamente me embarqué en una conversación abierta con él sobre el mundo, sobre las formas más eficientes de empacar las maletas y sobre sus anécdotas a la hora de afrontar las comidas exóticas que las ha probado casi todas.

El enlace había sido el también veterano periodista Pedro Fúquen, ex El Tiempo, y quien en el pasado había compartido muchas horas de trabajo con Mora y les había dejado el tesoro de la amistad.

Durante el viaje fuimos con otros periodistas de pluma genial como el magnífico Germán Gélvez, cronista urbano que lograba engolosinarse tanto con los silencios de los páramos como con el estropicio saturado de las calles vestidas de putas y de taxistas; Gabriel Murillo, joven periodista de Colprensa que tenía la disciplina y el gusto de oir a los maestros para aprender más sobre sus historias de vida y la bella Silvia Corzo, presentadora estrella de Caracol Televisión a quien muchos veíamos al principio como una diosa inalcanzable pero que apenas habló nos encató a todos con su sencillez.

Al desfile de precarnaval, el de la guacherna, asistimos todos para ver a la emblemática Esthercita Forero sobre su carroza, encabezando la fiesta, pavoneando sus enaguas multicolores. El desfile, el único que se hace de noche, nos envolvió en su color y su calor.

Al terminarse el desfile fuimos al bar del hotel donde nos quedamos, el legendario El Prado. Con unas pocas cervezas ligeras nos enfundamos en una charla inolvidable sobre las anécdotas y las travesuras de los periodistas colombianos en los años cincuenta. Fúquen y Mora desenvainaban cuentos con tanta facilidad que parecían parte de una coreografiada escena con el Te olvidé, de Antonio María Peñalosa, como fondo musical.

La noche se desvaneció muy rápidamente, se nos escapó, pero fue el preludio para un lindo almuerzo en una barcaza sobre el río grande de La Magdalena y la risa no cesó allí, ni cuando fuimos a visitar La Cueva, el metedero insignia de lo que fue el Grupo de Barranquilla (García Márquez, Obregón, Vargas Cantillo, Cepeda Zamudio, Fuenmayor, Nereo…) hasta el día en que nos despedimos en las ‘nieves’ bogotanas.

Buenos recuerdos quedaron de ese viaje, que hoy se suman a lo que la memoria me permite de los programas en los años ochenta como El mundo al vuelo con Héctor Mora.

Hoy ese, el que ha sido uno de los mejores cronistas de viajes que ha parido Colombia, ya no se cuelga una cámara al hombro para registrar los desfiladeros de Nueva Zelanda o las brumosas tardes de Islandia, pero ha sido reclutado por una campaña que ha empezado una aerolínea muy joven del país que le está haciendo un hueco a las grandes.

Aires le propuso, y él aceptó, burlarse de la época que le dio gloria, de los clichés de la televisión premoderna, de las curvas romas de las pantallas de los televisores, de la participación del público en el género de concurso en sus sets rutilantes de bombillas pequeñas y en general de ese moho indispensable que trae la nostalgia. Mora, con su muy buen humor, se despojó de todo prejuicio y prestó su genio y figura para esta campaña humorística en la que se pretende destacar las tarifas de esta aerolínea como diferencial ante las demás, reconociendo que en cualquier avión se padecen los mismos ‘dolores’ de las turbulencias, la voz inaudible del piloto y los niños que no paran de llorar.

Héctor estaba en mora de regresar. Bienvenido.

7 thoughts on “El Héctor Mora que conocí vuelve al ruedo

  1. Los programas de Hector Mora realmente transportaban, sin embargo sentarse a escuchar las 1001 historias de Pedro Fuquen es transportarse a la gran época del verdadero periodismo Colombiano….!!!

  2. HOLA VICTOR: EXCELENTE NOTA. QUE MEMORIA. HAY QUE SENTARNOS A RECORDAR. ME OFREZCO A COORDINAR EL ALMUERZO, DIGAN CUANDO…YO LLEVO A HECTOR … EN ESTA EPOCA SERIA MUY CHEVERE. ABRAZOS A TODOS PEDRO FUQUEN

  3. Como después de tanto tiempo se puede tener memoria de detalles tan claros jajajajajajaj. Excelente. Me adhiero a la moción de Pedro. Cuándo nos vemos en un almuercito y recordamos un poco de este buen viaje. Saludos a todos, pero sobre todo, mucha admiración.

  4. Hola Katty: No me cabe duda de que las historias que Pedro guarda son inigualables y emocionantes. Saludos.

    Hola Pedro: Soy el más emocionado con la idea de reunirnos. Tienes vía libre para gestionar lo pertinente. Un abrazo.

    Hola Gabriel: La memoria persiste por la riqueza de esos recuerdos, productos de los buenos momentos. Debemos reunirnos. Un abrazo.

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