Hoy a las 5:30 a.m. no estalló una bomba, estalló el miedo. Si bien 50 kilogramos de anfo, como han informado las autoridades, pueden ocasionar destrozos físicos en un espacio, el atentado de esta mañana buscó un claro blanco: El corazón de nuestros miedos.

La bomba que estalló en un Chevrolet Swift que fue robado hace unos días en un centro comercial, explotó al frente de una sede de Bancolombia y una del BBVA, en el mismo edificio en que funcionan varias oficinas de empresas, la del ex presidente César Gaviria, y medios de comunicación como Caracol Radio y WRadio.

A primera vista es muy tentador pensar que la bomba estaba destinada a uno de estos potenciales blancos. Sin embargo, ninguno de esos medios ha emitido mensajes tan contudentes como para que fuese evidente que la bomba estaba teledirigida para uno de estos o para los bancos…

En mi humilde opinión, el sitio fue solo un pretexto para impresionar, para captar la atención de una ciudadanía que así, sin anestesia, volvía a encontrarse con el sentimiento del miedo compartido.

La bomba de esta mañana buscaba perforar el sentido de la comodidad y la certidumbre, de una sociedad drogada con los realities, las telenovelas y otras ficciones noticiadas…

Sonará a cliché, pero no fue un atentado contra estas instituciones sino contra la columna vetebral de la cordura, de la tranquilidad. Es un atentado a la modorra generacional, aquella que no se asustaba en serio desde los años noventa cuando las bombas eran el paisaje cotidiano de una Colombia herida de muerte.

El ataque de hoy está revestido de un enorme poder simbólico. ¿Por qué hacerlo en Bogotá? Por que allí residen millones que a diario se tienen que encontrar en medio de sus soledades con otros a los que no ha visto en medio de un espacio físico comaortido como el transporte masivo o las calles mismas

¿Por qué a solo cinco calles del centro financiero del país? Porque la mejor forma de atacar ese poder simbólico de lo económico es incrustar esa sensación de vulnerabilidad en el espacio físico, justo en el medio de la ciudad.
¿Por qué en el edificio de Caracol? Porque todo ese frenetismo periodístico le daría una mayor caja de resonancia al ataque. Los periodistas de las dos cadenas radiales fueron afectados de manera directa y tuvieron la noticia al toque de un botón del ascensor. Rápidamente llegó CityTv y otros canales de televisión y le agregaron imágenes para replicar el miedo. Es su trabajo, no hicieron nada indebido, pero quienes perpetraron el ataque entienden con claridad estas lógicas.

El simbolismo coincide con la coyuntura. No se completa la primera semana de gobierno de Juan Manuel Santos y si son las Farc, como se supone, es una clara intención de dar el mensaje de que la guerrilla estaría lejos de un declive militar y que son capaces de penetrar en el corazón de la urbe.

La verdadera bomba es la comunicación. Al hacer resonancia de los hechos, como decía un párrafo atrás, la comunicación fue la onda expansiva del miedo lo cual fue muy aprovechado por sus autores. Es la hora de preguntarnos qué vamos a hacer como sociedad ante la amenaza, cómo vamos a declararle la intolerencia al miedo que nos quieren imponer.
PDTA: Algunos colegas, periodistas independientes, de raza, como Carlos Sanabria, la bomba les estalló a pocas cuadras de su casa y sin ningún tipo de miramiento, salieron en calidad de bloggers a la calle para reportar lo que estaba sucediendo desde Twitter y capturar el momento en su blog.