La avaricia del joven Pablo

[Nota: Publicado originalmente en el blog de @Cutemarieclaire, ahora lo reproducimos en el blog]

Hace unos días volví a la Hacienda Nápoles, el antiguo centro de operaciones de Pablo Escobar, demonio y dios para unos y para otros. Volví por el mismo motivo por el que fui hace unos 20 años aproximadamente: Curiosear de cerca los dominios y los excesos de este mítico personaje que se incrustó en el imaginario mundial por su avaricia.

Ubicada en Doradal, un corregimiento de Puerto Triunfo, enclavado en el Magdalena Medio antioqueño, Nápoles fue el centro mismo de la ambición desmedida de un hombre que creyó en sí mismo como pocos lo han hecho. Tanto que si se trata de hablar de pecados capitales, Escobar encarnó varios de ellos y dentro de la avaricia cumplió sagradamente (valga la ironía) con el subgénero de la simonía. Pablo llegó a creer que casi era un Dios. Y de cierta manera lo fue en sus terrenos.

Cuando hoy se va a Doradal, muchos años después, la influencia es aún notoria. Algunos establecimientos comerciales tienen rezagos de esa época de opulencia en la que Nápoles era el centro de esa cosmogonía de excesos. La ‘Sociedad Napolitana de Transportes’ o el ‘Hotel Napolitano’ son algunas de esas perlas que aún sobreviven como rastros visibles. Otras huellas, menos evidentes pero más profundas delatan la nostalgia por el dinero a manos llenas con la banda sonora de los corridos mexicanos y las tartamudas voces de la metralla.

Si usted va hoy a Nápoles se encontrará con que todavía está sobre la carretera, el portal de la antigua hacienda, que se hizo famoso por servir de pedestal para una pequeña avioneta monomotor con la que, según la leyenda urbana, Escobar coronó uno de sus primeros viajes a Florida.

Si es así o no, lo cierto es que Escobar no hizo nada para desmentir la leyenda. Tener la pequeña nave sobre la carretera principal que une a Bogotá con la capital de Antioquia fue la cereza en el postre de una larga serie de desafíos y desplantes a la justicia y a la sociedad entera. El hijo del campesino que trabajaba para la familia Ochoa Vásquez, Pablo Escobar, sintió la profunda necesidad de hacerles saber a todos que él estaba ahí para vencer el desatino del destino de no hacerlo rico desde la cuna.

Con corrupción, dinero e intimidación, Pablo Escobar en muy poco tiempo se hizo a tres mil hectáreas de esas fincas porque, como en cualquier sociedad rural, la tenencia de tierras es la demostración más evidente del poder. En sus terrenos construyó una casa inmensa a la que amobló con los lujos propios de la ostentación que su dinero le permitió. Cuando empezó a pensar que ya no era prudente viajar a Orlando y Miami con sus hijos, decidió construir su propio y colorido Disney arriero, con dinosaurios gigantes y animales exóticos por montones, extraídos bruscamente de su hábitat en África, en un aparatoso e inusual vuelo de carga desde el ‘continente negro’ hasta la pista de 1.200 metros en su propio aeropuerto.

Pero más allá de los mitos y de las increíbles historias ciertas y otras refundidas en la ‘realidad aumentada’ del halo de su figura, Escobar le dio rostro a la avaricia en su más enconado esfuerzo: A pesar de que consiguió todo el poder que el dinero le podía entregar, sintió con ansias que le faltaba el poder político y a su esposa le fue advirtiendo una tarde, de cara al Palacio de Nariño, que se fuera preparando para algún día vestir los finos vestidos que luce cualquier Primera Dama…

Con la ayuda de Jairo Ortega llegó a la Cámara de Representantes y fue escoltado por agentes de la Policía, a los mismos a los que años después perseguiría con odio y ofrecería a cualquiera el pago de un millón de pesos por uniformado muerto.

La avaricia, un pecado del exceso, lo llevó a todo tipo de rituales sin vergüenza para mostrar su poder. Escobar perecería no en la cima del mundo, sino en lo más alto de un tejado promedio de un barrio promedio de Medellín; murió ataviado con menos del promedio y su última expresión llena de avaricia no debió ser superior a su deseo de escapar por última vez. Su último acto de avaricia fue tan humilde como poder salir vivo. Y no lo logró.

El joven Pablo, que empezó su vida delicuencial robando lápidas de hombres sin nombre en el cementerio de la ciudad, nunca tuvo frenos y por eso su propia lápida se talló con su nombre, la marca misma de la avaricia.

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