El otoño de ‘El árbol de la vida’

Tenía muchas expectativas de ver ‘El árbol de la vida’, dirigida por Terrence Malick. Confieso que tal vez caí en la trampa del editor del trailer, un mago al que le encargan la tarea de interpretar el alma de la película y hacer una nueva en solo dos o tres minutos. Generalmente esa pequeña nueva película es mejor, vibrante, cargada de adrenalina o de la virtud paisajística de los aciertos del director de fotografía.

Y sí, caí. Al enfrentarme a ‘El árbol de la vida’ imaginaba una actuación descollante de Brad Pitt y, más aún, de Sean Penn, un señor actor ‘cargado de tigre’. La dirección de arte está bien lograda y sí nos imaginamos un estado del centro de Estados Unidos, a una familia discreta y sollozante en el rito del domingo, habitando la posguerra al tratar de tener una buena calidad de vida en medio de la disciplina cartesiana del hombre de la casa (Pitt).

Sin embargo, confieso que el desconcierto solo me atacó en tres partes: Al inicio, en el medio y al final. La vida es una espiral que va de lo macro a lo micro y quizá por ello Malick involucra imágenes que nos conectan con la creación misma desde el sentido más laico: El Universo. Hay un gran esfuerzo en presionarnos para que como audiencia compremos la idea de esa conexión cósmica y el enlace llega al punto de mostrarnos dinosaurios y momentos después, el famoso bólido celeste que rompió la atmósfera en Chicxulub y que probablemente rompió a esos mismos dinosaurios…

De un momento a otro (en realidad no; fueron como veinte minutos después), comienza la que parece va a ser la historia central, que muestra la introspección del pequeño Jack que durante el inicio de la microhistoria crece en solo 6 ó 7 minutos desde el útero hasta que tiene como 13 años. Es la mejor parte de la película, la más coherente, la más sensible; donde el amor de los padres es evidente, bien sea desde la ternura de la madre (Jessica Chastain) hecha brinquitos y caricias, hasta la tosquedad del padre que regresa todas las tardes con la aplicación del buen samaritano.

Cuando Jack es un pre púber (Hunter McCracken) disfruta de las cosas simples con sus hermanos y es cuando Malick echa mano de los recuerdos, las evocaciones, los juguetes hechizos que todos disfrutamos en nuestra infancia. Es allí cuando se van desenmarañando los sentimientos hacia ese padre que representa la alteridad del deber ser y cuando se dan ciertas escenas que no conducen a ninguna parte, como la secuencia de la cacería o como cuando roba la prenda de una vecina para ¿liberar su fetichismo?…

La aparición de Sean Penn (Jack, de adulto) es simplemente decepcionante, no por él, sino por la puesta en escena. Penn hace lo que mejor puede en una película en la que solo atina a caminar desorientado, buscando respuestas a través de preguntas silentes. Creo que la actuación de Sean Penn pasará a la historia como la del figurante más caro del cine. No es que crea que no se actúa si no se tienen líneas en un libreto, simplemente creo que por muy cine arte que pretendió hacer Malick, Penn fue subutilizado, desperdiciado.

Para concluir, diría que Malick tuvo un gran sueño, soñó un poema enorme, cósmico, embadurnado de la nostalgia de los cincuenta y ese optimismo de los baby boomers enfrentado a una economía frustrante. Pero el poema se comió al poeta. Malick se terció la cámara al hombro y puso el ojo donde muy pocos directores pueden. Sin embargo, el montaje colosal desbarata los intentos de crear una historia. La coherencia es una ilusión que se desmorona con el paso de los minutos gracias a que la edición es cuidadosa en no perder los materiales recabados, pero indisciplinada cuando los retazos tienen que contar algo. En algunos momentos me sentí viendo a un Ed Wood posmoderno sumando secuencias de otras producciones (incluidas las de Discovery Channel) y como diciendo “ya que tenemos esto no lo desaprovechemos; ya pensaremos en qué momento lo metemos…”.

Un director que no es capaz de rendirse a la tentación de querer montar su obra maestra a punta de simbología a como dé lugar puede llevar a su audiencia a la asfixia. El cine puede ser muchas cosas y apostarle a tantas estéticas como títulos posibles, pero por encima de todo están las historias, que aunque no todas deben ser lineales, si deben pueden ¿deben? respetar la coherencia.

Ojalá Malick no hubiese pensado tanto en la crítica que lo alabará por tocar el verdadero arte desde la cinta y lo encumbrará como uno de los únicos exponentes del cine no comercial de nuestros días que logró seducir a los estudios para irrigar su trama poética.

Es probable también, que usted solo haya leído en esta reseña la visión corta de un hombre que no es crítico de cine y por lo tanto carezca de valor; es irremediablemente probable que dio con solo la mirada de un hombre que fue a ver una historia… Y no la encontró.

Trailer de la película ‘El árbol de la vida’ (The Tree of Life)

 

Preguntas al aire: ¿Cómo le pareció la película? ¿Considera que ‘El árbol de la vida’ es una película hecha para los premios, para la crótica o para la audiencia?

3 thoughts on “El otoño de ‘El árbol de la vida’

  1. Te felicito y te agradezco por publicar este post. Te felicito porque lograste llegar al final; yo no lo soporté y me salí en el minuto 35 más o menos y te lo agradezco porque sabes que te admiro mucho y tu post me resulta un bálsamo entre los muchos que he visto de ‘expertos’ que sólo lograban hacerme sentir ignorante y culpable de injuria por el acto cometido de salirme y cambiar de sala para ver otra peli.

    Un abrazo grande!

  2. Pues no la he visto y gracias por el aviso. Creo que de todas formas la veré, porque cada quien ve la película a su manera, en su cabeza. Puede que me duerma, puede que me guste, o puede que ni la entienda. Y es que, como diría Bedoya (el futbolista) “eso es lo bonito del fútbol” (o del cine)

  3. Víctor, muy buena crítica. No he visto la película pero me imagino que es un banquete surrealista. La verdad es que este tipo de cintas no son de mi agrado, demasiada exhibición onírica. Sin embargo, el cine también se hizo para eso, para especular, aunque muchas veces al espectador le toca aguantarse la liberalidad creativa del realizador. Pensaba verla, pero, como dicen es mejor no quemar pólvora en gallinazos. Un abrazo.

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