El patrón del mal

[COLUMNA PUBLICADA ORIGINALMENTE EN LA VERSIÓN IMPRESA DE PUBLIMETRO DEL 28 DE MAYO DE 2012]

Esta valla está en la Hacienda Nápoles hoy en día y muestra la reunión de los Galán, Lara y el hijo de Escobar

Cuando esta noche se empiece a emitir la serie de televisión ‘Escobar, el patrón del mal’ los juicios axiológicos (el bien y el mal) serán inevitables. Desde ya, las reacciones no se han hecho esperar. Hay quienes están a favor, pero me ha sorprendido la cantidad de detractores y la vehemencia de los mismos para pedir la cabeza de los productores de la serie.

Uno de los argumentos más mencionados es que los niños que vean la serie se convertirán en los asesinos y capos del mañana. Al leer eso recordé esas teorías de finales de los años 20, como la de la ‘Aguja Hipodérmica’ que le concedía poderes sobrenaturales a los medios de comunicación para influir en las decisiones de los individuos mediante la manipulación.

Los restos de la casa en la Hacienda Nápoles guardan las voces fantasmas del mal

Si así fuera ese efecto insalvable de los medios no habríamos podido ver nunca películas sobre Al Capone o sobre Bonnie & Clyde, Jesse James o sobre el mítico Si Francis Drake. Bajo la sospecha de que uno se convierte en espejo de las malas influencias de lo que ve en la tele, todos los que vimos series de televisión con esos personajes habríamos resultado de bandoleros.

¿Tampoco teníamos derecho entonces a ver las recreaciones históricas de Eduardo Lemaitre en los años ochenta con todas las historias de la historia republicana? ¿O más recientemente habría sido prohibido ver una serie como La Pola donde también se registró una violencia espantosa por parte de los españoles contra criollos e indígenas? Qué pesar si bajo esa lógica no podemos ver un día una producción sobre la insólita historia del colombiano Roberto Soto Prieto, cerebro de un robo de 13,5 millones de dólares al Chase Manhattan Bank o una novela que pueda evidenciar la infamia de las farc o del eln.

Hay un antecedente, desde luego, que sirve de base para no querer producciones relacionadas con el tema de la violencia que no se puede negar si se tienen dos dedos de frente: Los dos canales privados nacionales: Caracol y RCN han hecho de la violencia un nicho de usufructo muy rentable, especialmente con un género o subgénero narrativo como ha sido el de las llamadas ‘narconovelas’.

Allí aparecieron producciones como El cartel de los sapos, Las muñecas de la mafia y Sin tetas no hay paraíso, entre otras que inundaron las pantallas con plomo, coca y silicona en cantidades industriales. Algunas de ellas, con buena factura en su realización, pero con libretos inflados gracias al advenimiento de la pauta publicitaria deformaron sus guiones para alargar los seriados y capturar más publicidad. En ese tránsito, las neuronas de los libretistas cedieron ante la silicona de las modelos en la franja triple A. Ese es el riesgo y es allí donde los televidentes debemos ser críticos y pedir mejor televisión.

Pero insisto: ¿Ver la historia nos hace tanto mal? Para bien o para mal, la historia no solo se construye con lo que nos parece bonito, con lo que mejor decoraría nuestra frágil estantería del ego nacionalista. Estamos hechos de lo bueno y lo malo que nos ha pasado como individuos y, por supuesto, también como Nación. La historia, per se, no tiene la culpa, es el relato de lo que fuimos y lo que somos.

Contar la historia de Pablo Escobar es pertinente. La historia de quizás el más villano de los villanos va a servir de exorcismo para una generación desde la que padecimos cada uno de sus actos y sentimos su miedo intimidante. Para las nuevas generaciones servirá para conocer un ícono del mal, ‘el patrón del mal’ y para que precisamente, al repasar la historia, sepan no repetirla.

Así como no hay que “echarle la culpa al sofá” de los embarazos indeseados, tampoco es justo agarrar a la televisión de chivo expiatorio. Si usted es padre y quiere que sus hijos no sean influenciados por la “mala televisión”, enséñeles a ver “la buena”; siéntese con ellos y contextualice la historia para que entiendan las consecuencias. No desenchufe, acompañe. Mi recomendación: si la va a ver con sus hijos deje que la vean hasta el final. Usted tiene una ventaja sobre ellos: Conoce el final y ese es el que les enseñará a ellos que ese no era el camino.

Contar la historia incómoda no necesariamente se convierte en una apología al delito. Es tan miope esa visión de contar solo la perspectiva rosa que, de hacer carrera, solo veríamos una historia de Colombia contada por los Teletubbies o los ‘Ositos Cariñositos’…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *