Es más fácil odiar

Los colombianos tenemos tanto, tanto que aprender de las experiencias de otras naciones en donde sus pueblos han tenido que pasar pruebas durísimas de tolerancia para lograr la reparación. En Colombia, el proceso de paz levanta ronchas en muchos sectores de la población y ni siquiera hablo de la ultraderecha, que “por derecha”, desaprueba que los negociadores no fumiguen con bala a su contraparte en los diálogos en La Habana.

Desde luego que no me gusta que las farc puedan trascender en la historia sin pasar por pagar todos los crímenes execrables que han cometido, desde luego que me hierve la sangre al recordar como centenares de cilindros bomba han volado sobre poblaciones y cuando han caído –llenos de explosivos, puntillas oxidadas y heces humanas– su nivel de destrucción es absolutamente inhumano.

Las farc han desatendido todas las normas del DIH, mientras que las fuerzas legales del Estado, tienen que combatir (la mayoría de las veces) en medio de los formalismos que impone la ley. Es una lucha desigual en ese escenario. Hoy esas mismas farc están sentadas en La Habana tratando de vestir su accionar con el ropaje de la lucha revolucionaria para evitar la inequidad social. Su discurso se oye vacío en medio de una puesta en escena de palabras grandilocuentes, pero sin coherencia cuando al mismo tiempo sigue el secuestro, la extorsión y los asesinatos. La inmensa mayoría del pueblo colombiano no les cree.

A su vez, el gobierno colombiano se sienta a la mesa con el respaldo de lo que es el monopolio legal de la fuerza, pero que a veces por el desgaste mismo de la guerra y con la corrupción de algunos de sus miembros, cada tanto tiempo sufre el embate de la recriminación social, de la presión ciudadana. Además, al Gobierno no le ha ayudado cuando la gente compara las reacciones de la fuerza pública ante contra los campesinos que reclaman justicia alimentaria.

En este país de tensiones infinitas entre los que quieren la paz y los que quieren la guerra, la ciudadanía queda presa en la mitad. Aunque no todos los enemigos del proceso de paz del gobierno Santos quiere la guerra, si hay que entrar a admitir que muchos enemigos tiene la paz porque la guerra es un negocio muy lucrativo. Si en los últimos diez años, el gasto militar en Colombia ha alcanzado los 220 billones de pesos, significa que son muchos los que se nutren de las balas y otros muchos los que verdaderamente se están enriqueciendo con la guerra.

El mayor desafío para los colombianos mortales es aceptar que la paz tiene costos que vemos totalmente injustos. ¿Cómo aceptar que no haya cárcel para las cabecillas del grupo narcoterrorista? Difícil ¿Cómo aceptar que además de que no vayan a la cárcel, sean ‘premiados’ con escaños en el Congreso? Más difícil aún.

Cuando uno habla de estos temas en redes sociales es tildado de guerrillero indefectiblemente si llega a plantear que debe haber una agenda para los acuerdos que no debería ser permeada por el conflicto que mientras tanto sigue desarrollándose y sigue haciendo perder a unos y a otros, y al final, a todos.

Cuando he preguntado en Twitter “¿Dónde preferiría ver a los guerrilleros: En el monte asesinando o en el Congreso como parlamentarios?” Nunca me han respondido qué prefieren, sino que lo único sería “verlos en la cárcel”. Respuesta salida de las entrañas, pero no de las neuronas cuando ya hay un proceso. Personalmente prefiero verlos en el Congreso donde a pesar de que lleguen con ‘curules gratis’ no van a tener el poder suficiente para cambiar leyes y sí, en cambio, se eliminaría su accionar violento.

¿Estamos preparados para perdonar? Tal vez no, pero el camino si va por ahí. Lo que pasa es que nos tienen que enseñar a perdonar como han hecho en otros países como Suráfrica. Perdonar –y no olvidar, claro– implica procesos serios, continuados, rigurosos, vigilados y sinceros de reparación a las víctimas.

La paz no es fácil, es un estado deseable que no se alcanza con la firma de un tratado sino con la convicción y compromiso de las partes. Es más fácil odiar, es más difícil perdonar, pero al final lo que hay es que ceder y reparar.

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