La situación de Venezuela me trae emociones encontradas. Por una parte la veo en uno de sus peores momentos de estabilidad política y, por otro, en el mejor momento desde que Venezuela es inviable.

El pueblo no tiene la culpa. Ha sido cooptado por el Régimen que se muestra inflexible en su doctrina, pero que en realidad es un ternero insaciable que no suelta la teta del poder por cuanto todavía los que están arriba aspiran a sacarle más leche.

Pero Venezuela no da más. Su economía está estrangulando al pueblo que vive una economía de guerra. PDVSA, la estatal venezolana del petróleo, es inviable ya que desde los tiempos de Hugo Chávez se convirtió en la ‘Caja menor’ de la Revolución Bolivariana.

Las reservas petroleras están hipotecadas muchos años al futuro; el subsuelo está empeñado a China que ya da muestras de agotamiento luego de no ver que el Régimen de Maduro tenga intenciones de ir abonando a la deuda luego de los préstamos multimillonarios que han enviado a Caracas.

Entre tanto en las calles, el desabastecimiento de alimentos es tan evidente que encontrar huevos, leche o carne no es un acontecimiento cotidiano, es una noticia underground compartida por redes sociales con los más allegados. Todos luchan contra una inflación galopante donde ‘los reales’ de la mañana tienen un poder adquisitivo menor al de la tarde.

En paralelo, la información –ese peligro para todos los regímenes, pero en especial para este– busca ser controlada, censurada y borrada. Medios nacionales son atenuados al no tener divisas para comprar papel o les es recortada la pauta publicitaria; medios internacionales como NTN24 son sacados de la parrilla y operadores como DirectTV se quedan callados ante esto. La información es subversiva para quien se sienta en el sofá del poder. Es el turno de los ciudadanos responsables generando contenidos valientes, certeros y veraces para denunciar lo que está ocurriendo.

Adentro, en los intestinos del poder en los que Diosdado Cabello se siente el Dios dado al pueblo; es él quien tiene algo de control sobre las Fuerzas Armadas, dada su ascendencia en el cuerpo. Aunque Cabello es civil desde hace muchos años cuando acompañó como golpista a Chávez en la encerrona a Carlos Andrés Pérez, todavía tiene injerencia en la milicia. En el oficialismo, las fuerzas políticas se tensionan entre los chavistas rudos y los más liberales. Unos tratan de ver cómo sostener a Nicolás Maduro como presidente.

La figura de Maduro cada vez es más líquida en un momento en que ya no solo son unos muchos estudiantes los que salen a las calles. Fracciones del oficialismo, que solo son fieles al trapo rojo mientras algo de esa teta les alcanza, empiezan a cuestionar los manejos de la nueva administración. Hoy son millones de venezolanos los que están decididos a que la situación cambie.

Más allá de Leopoldo López, Henrique Capriles y Antonio Ledezma, hay un nuevo liderazgo en las calles. Los ciudadanos anónimos están empoderados, resueltos a arriesgar más. Es el momento del todo o nada porque hay una bomba a presión que es muy difícil de controlar. Si la razón gobernara en lugar de la ambición, Diosdado, el verdadero poder detrás del trono, debería decirle a Maduro que ha llegado la hora de dar un paso al costado. Venezuela merece un presente y un futuro menos indigno.

Los ciudadanos deben ahora mostrar con resistencia pacífica pero argumentada su idea de democracia, su idea de cambio. Vamos Venezuela, pacífica pero valiente y persistente.