Hace una hora aproximadamente, cuando atravesaba la carrera 13, el semáforo de la calle se puso en rojo y los peatones nos aprestábamos para cruzar la carrera. Dos ciclistas ignoraron la luz roja que también debían respetar y casi atropellan a una señora con un niño. Ante eso, reclamé en buen tono pero con contundencia a los ciclistas: “Ojo, ustedes también tienen que parar”, a lo que ambos respondieron que parara yo y que comiera mierda.

 

Decliné su escatológico-gastronómica invitación con un “Cómasela usted, pero primero respete a los peatones” y terminé de cruzar la calle. Al llegar al otro andén fui rodeado por los dos y retado a los puños. El ‘yo’ de hace 20 años habría atendido al par de contrincantes, seguramente habría quedado malherido, pero les habría seguido el juego.

El ‘Yo’ de esta tarde siguió argumentando que lo que había hecho era muy peligroso y que casi habría podido atropellar a la señora y al niño. El tipo, mas o menos de la edad en que yo le habría respondido con violencia hace años, estaba totalmente desencajado porque no le respondía y se me acercaba a distancias en las que ambos podíamos olfatearnos. Aunque por dentro confieso que tenía miedo, no me inmuté (o eso le hice creer) y no cedí ni un solo milímetro. También sentí rabia y con la adrenalina a mil creo que lo habría podido lastimar. Me contuve.

Le aposté a la no violencia y creo que eso lo confundió; lo hice retirarse con la idea de que había vencido. No sé si hice bien o mal, pero funcionó; vencí los fantasmas del machismo que en otras épocas más adolescentes me habrían llevado a la confrontación física, pero quedé pensando que esa violencia es la que cobra más vidas de colombianos al año, año tras año. Seguramente yo le habría dado su puño y éste seguramente me habría medio matado o matado y medio. Quizá no estaría contando el cuento y quizás él habría escapado en medio del silencio de la indolencia de los testigos.

Quizá hoy el destino salvó mi vida y la de él si hubiese sido capturado. La vida es sagrada como dice Antanas Mockus y siempre hay alguien que en la casa nos espera para que no seamos una cifra más en las estadísticas grises y sin rostro de las ciudades.

NOTA: Esta crónica fue originalmente un post en Facebook que, sin pretenderlo, generó un espacio de reflexión sobre nuestras decisiones en situaciones similares. Aquí los comentarios.