victor solano alvarez y conchita

“Agarre el machete… Sí, con fuerza, mire a la cámara y no joda tanto…”. El modelo no modelo, muy serio, hizo caso, con obediencia servil en medio de las burlas de algunos de sus colegas; empuñó el machete mientras hilos de sangre escurrían por su brazo hasta parar en la bata blanca solo por referencia pero entre negra y rosada por el oficio. La imperativa orden se la dio Víctor Solano Álvarez, mejor conocido como ‘Don Víctor’ a Raúl, uno de los carniceros más malacarosos de la Plaza de Mercado ante la mirada atónita y en estado de pánico de mi hermano Carlos, que había decidido acudir a la Plaza para tomar unas fotografías espontáneas y sin poses de algunos de los rostros que reflejan el trajín y las jornadas de brega. La foto fue un fracaso estéticamente, pero sirvió hoy casi 20 años después para recordar que así, de ese tamaño era el temple de ‘Don Víctor’, un liberal de trapo rojo al que no le temblaba ‘mamarle gallo’ a uno de los peseros godos con reputación más flexible del pueblo. Por supuesto, si no hubiese sido el para entonces respetado casi octogenario el que daba la orden, habrían tenido que salir en carreras para salvar sus vidas.

No era la primera vez que Don Víctor desafiaba el sentido común en las relaciones interpersonales. Entre los años treinta y sesenta, en numerosas oportunidades, su militancia liberal de raza le valió encontronazos con los del trapo azul. La difícil época de ‘La Violencia’ dejó su huella en pueblos como Socorro Santander y el proselitismo radical de lado y lado minó la calma en una tensión siempre presente. A pesar de eso, Don Víctor siempre pareció estar más arriba del bien y del mal y logró que su figura no fuese temida, sino querida por muchos y respetada por todos y en todos los espacios.

Cercano a los días en que nació, el presidente era José Vicente Concha, y Eduardo Santos criticaba la intervención del clero en la política partidista. En el mundo entero había crisis de papel periódico por causa de la Primera Guerra Mundial y Rasputín era asesinado en Rusia… Vaya mundo que lo rodeaba.

Con una generosidad que todos le recuerdan, Don Víctor fue figura capital en todas las acciones que podrían llevar bienestar o progreso a Socorro y a sus habitantes. Los políticos, hábiles reclutadores de líderes naturales, siempre lo quisieron en sus filas y hasta le propusieron en varias ocasiones que fuese el alcalde de la capital comunera, tal como se podía hacer por decreto antes de la Constitución del 91, pero él –sabiamente, diría yo– declinó esos honores para poder dedicarse a los demás sin más militancia que la de las buenas obras y a los coros de la Casa Cultura Socorro.

Encabezando algún acto cívico con las primera autoridades civiles militares y eclesiásticas.

Encabezando algún acto cívico con las primera autoridades civiles militares y eclesiásticas.

En cambio, el cargo que mejor desempeñó y por más tiempo fue el de ‘Mejor amigo de sus amigos’. Desde una temprana edad, criado entre naranjales y hojas de plátano que servían de sombra a los cafetales, fue sembrando amistades toda su vida, algunas de ellas, más de 70 años; a muchas de ellas despidió en el Cementerio porque su salud de roble le permitió ser testigo de la historia de este país y escribir la propia. Una de sus amistades más recordadas fue con un muchacho menudito, de facciones finas y que como él, aprendió el arte de la sastrería: José A. Morales. Entre agujas y dedales, a José se le enredaba su viejo tiplecito para acompañar a la recordada ‘Lira Luis A. Calvo’ en la que se acompañó de otros amigos entrañables como Leoncio Urrea, Carlos Monroy (padre de los famosos ‘Hermanos Monroy’), Fausto Sarmiento, Daniel Ramírez, Julio Enrique Azuero y tres de los mejores músicos socorranos que además fueron familia de Don Víctor: Fidel Camacho y los hermanos Felipe y Miguel Durán López, autor de ‘Mariposita Azul’.

La Lira Luis A. Calvo’ con Leoncio Urrea, Carlos Monroy (padre de los famosos ‘Hermanos Monroy’), Fausto Sarmiento, Daniel Ramírez, Julio Enrique Azuero, Fidel Camacho, Felipe y Miguel Durán López.

La Lira Luis A. Calvo’ con José A. Morales, Leoncio Urrea, Carlos Monroy (padre de los famosos ‘Hermanos Monroy’), Fausto Sarmiento, Daniel Ramírez, Julio Enrique Azuero, Fidel Camacho, Felipe y Miguel Durán López.

Por esa y muchas otras razones, el zaguán de su casa siempre estuvo abierto porque fue el centro nuclear de un universo fantástico. Como gran patriarca, como una especie de Aureliano Buendía enconado en las breñas santandereanas, era el eje de la vida familiar. Junto al amor de su vida, la amorosa soprano Conchita Durán, moría por sus nietos, los que le llevaron sus hijos Victor, Reinaldo, Martha, Ariel y Amparo. Era feliz preparando el más delicioso plato de Mute Santandereano y en épocas de vacaciones cuando la casa se quedaba cortica con los nietos corriendo de un lado para otro, no había día en que no llegara alguna señora ofreciendo sus tamales, bollos de carne y chorizos… Pecados todos ellos que compartimos en festines con la anuencia cómplice del gran abuelo.

Parte de los Solano Durán

Parte de los Solano Durán en el cumpleaños de Christian Solano, hijo de Ariel.

 

Buena parte de la familia sentada en el sofá de concreto del frente de la casa.

Buena parte de la familia sentada en el sofá de concreto del frente de la casa.

Todas las tardes era común verlo sentado en el andén, una acera que parecía haber sido mandada a construir para tener un sofá de notario en la mitad de la calle y allí poder conversar con todo el que subiera por la calle y llegara por la carrera. El andén, ese andén, tenía la virtud de ser una especie de aduana para todos los puntos cardinales. En el ‘control migratorio’ le ayudaba en coro mi tía Edelmira (su hermana) quien desde la casa vecina y a través de un pequeño postigo preguntaba el motivo de las andanzas a cada transeúnte…

Hay tantos recuerdos arremolinados no solo en la cabeza sino en el corazón que si pusiera la mitad de ellos esta sería una crónica inacabable. Me queda la certeza no estadística sino de corazonada, que cada persona que tuvo el privilegio de conocerlo se quedó con un pedazo de él en su corazón, que cada uno de los que saborearon su amistad, hoy pastorean recuerdos con el Viejo.

Si estuviera vivo, a Víctor Manuel Solano Álvarez hoy le estaríamos festejando su centenario. El 24 de junio de 1916 nació en Socorro (Santander), uno de los hombres ordinarios más extraordinarios que haya podido conocer.

El centenario de su natalicio coincide un día después de lo que los colombianos han llamado ‘El último día de la guerra’ y no lo puedo recibir de manera diferente a la señal de que ni casi cien años le alcanzaron a hombres maravillosos para ver la esquiva paz. Quizá su mensaje, cien años después, es que nos la merecemos como generaciones herederas para construir un nuevo país.