Hace un año escribí por ahí lo siguiente y creo que todavía tiene algo de vigencia, por lo menos para tener el pretexto de seguir conversando:

A la encopetada Academia le viene el desafío de bajar a la tierra de los mortales “sujetos de estudio” para ver los rostros del dolor, comprenderlos y quitarse la asepsia metódica para abrazar los sentimientos de un pueblo que ha sufrido mucho. A nosotros, a todos, nos corresponde el reto de entender el dolor. El reto que tenemos por delante conlleva aprender a perdonar, lo que no significa ni de cerca, olvidar; el desafío que tenemos por delante conlleva aprender a manejar el dolor, lo que no significa callar.

La grandeza de los colombianos llegará si atendemos el tremendo momento histórico de conciliar los dolores con la idea de justicia con la que crecimos. A todos nos toca aprender algo que la Escuela nunca nos enseñó.

La Academia, por ejemplo, puede/debe empezar a contar otra Historia. Aprendimos a venerar héroes de bronce en los parques, veteranos de epopeyas ecuestres, pero nos perdimos la historia por aprendernos fechas. Hoy, la historia debe considerar a las víctimas no como los perdedores, sino como los otros héroes que batallaron desde la resistencia. Las heroínas de El Salado o las de cada una de las 4.000 masacres merecen una voz en los nuevos textos de historia que tendrán que reescribirse porque el olvido sería volver a victimizar a cada hermano que se pudrió en nuestra indiferencia.