La tragedia de Chapecoense sacó lo mejor de muchos y lo peor de unos pocos. Hoy, cuando algunos pedían que Nacional debía solicitar “ganar por W” ante la ausencia del rival, lo que era no solo inapropiado sino sencillamente miserable, otros (entre ellos el propio club) pedían que por el contrario el título debía otorgarse de manera póstuma al equipo brasileño.

Algunas voces se alzaron en redes sociales con frases destempladas como “ahora todos se volvieron hinchas de Chapecoense…” como tratando de alegar oportunismos baratos, pero la verdad es que justamente en un deporte en el que el color de una casaca parece valerlo todo, hoy fue justamente el color el que se depuso en el corazón de millones de hinchas en todo el mundo para arropar a los familiares de las víctimas que cayeron en las montañas antioqueñas.

Nuestras reacciones ante las situaciones son las que determinan de qué material estamos hechos. Las reacciones ante esta tragedia determinan nuestro sentido de la justicia y de legitimidad.

Aunque en el fútbol el impacto de la gestión se mida en puntos y en diferencia de goles, el aplauso del rival es la mejor recompensa porque la legitimidad desafía la lógica de la legalidad.

Gracias a todos los amantes o no del fútbol que pusieron a rodar el sentido de la solidaridad. Tanto Medellín como Chapeco quedaron hermandadas por siempre con este episodio y por el verde de sus pregones en la tribuna.

El mundo conversó en pocas horas de ética y merecimientos gracias a que un puñado de hombres que quería alcanzar la cima lo dio todo y arañó el cielo.