Zona Crónica

Elegía a la herejía: 30 años sin Gonzalo Arango

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Me había dicho a mi mismo hace unos meses que prepararía este homenaje postumo. Pero el día me llegó puntual y yo sin tiempo para escribir algo decente. Gonzalo Arango, el hijo de Andes (Antioquia) y que se llevaría por el camino ruin de la poesía descarnada, pero inocente a la vez, a otros peludos de su época magnífica como X-504, Jotamario, AmílkarU, Elmo Valencia, (‘El monje loco’), Darío Lemos, Eduardo Escobar,… Se los llevó por las letras y no los devolvió enteros, sino fragmentados en lluvias cósmicas, cómicas y ácidas (y, por lo que se cuenta, también con naufragios entre los ácidos).
En 1953 nació otra vez. Pero para el periodismo, y ya en el 55, habitaba en él el ‘mal hábito’ de ser habitual colaborador de El Colombiano. Su carisma magnético atraía a la rebelde generación de los sesenta. Era el novio que ninguna muchacha podría mostrar en su casa, más cuando sus amigos supuestamente habían escupido las ostias en 1961 en una iglesia de Medellín.
Eduardo Escobar escribió hace poco en su columna de El Tiempo que siempre ha cargado con ese lastre, pero que ellos lo único que hicieron fue pedir la ostia para llevarla con su propia mano a la boca (o eso recuerdo de la columna. Y a veces los recuerdos son lo que uno habría querido vivir, parafraseando a García Márquez).
En fin, en los años 50 escandalizar y provocar era definitivamente más fácil, pero no por ello dejaba de ser audaz. Estos poetas malditos lo conseguían simplemente al prender una fogata que sirvió para incinerar de una sola carretillada toda la -para ellos- inútil literatura colombiana; ahí cayeron María, La vorágine…. O al caminar ‘en gallada’ por el centro de una Medellín, Cali o Bogotá con camisas rojas. Era la época en que mientras su generación se peinaba con gomina y veía el mundo en blanco y negro, ellos llevaban instalados en sus cerebros los caleidoscopios de la cultura popular que rompían como un cuchillo la mantequillosa sociedad pacata.
Gonzalorarango -como firmaba- escandalizó tanto, que hasta lo logró con sus propios colegas del Nadaismo, como cuando escribió un texto en el que elogiaba a Lleras Restrepo o cuando adhirió a la infértil campaña de Belisario Betancur en 1970. Sus títulos fantásticos todavía me ametrallan: Los ratones van al infierno, Prosas para leer en la silla eléctrica, Tu ombligo capital del mundo, Me ahorcaron y me morí un rato, El sermón atómico… ¿No es esto más taquillero que Sin tetas no hay paraíso o Memoria de mis putas tristes?… Si, lo sé: No lo es, pero igual me parecen increíbles títulos.Además de escribir para El Colombiano y El Tiempo, Arango mandó a diestra y siniestra (sobre todo a siniestra) artículos, crónicas, poesías y críticas a medios como las revistas Nueva Prensa, Cromos (Colombia); El Corno Emplumado (México) y Zona Franca (Venezuela). Fundó con otros colegas del movimiento la revista Nadaísmo 70. Pero para encontrar biógrafos de Arango, hay mejores que yo como Eduardo Escobar, Jotamario, Cobo Borda y Gonzalo Restrepo, entre otros.Lo relevante para mí en este ritual de barato exorcismo pagano sin ouija ni Olivetti, sino desde un frívolo computador portátil es encontrarme con ese recuerdo de la primera publicación que edité en mi vida, durante la época del colegio: Mis amigos no entendían el nombre del panfleto y siempre tenía que explicarlo: Otraparte, el nombre de la finca de uno de los intelectuales más sobresalientes y menos difundidos de Colombia: Fernando González, escritor y filósofo que recibía a sus visitantes con una bata untada de boñiga de vaca, quizás para decirle al mundo que solo allí verían boñiga porque sus obras estarían siempre inmaculadas. González -cuyo nombre fue propuesto por JP Sartre y Thornton Wilder como candidato al Premio Nobel de Literatura en 1955- fue uno de los maestros de Arango.

En homenaje a él le puse así a ese periodicucho barato y en homenaje a Gonzalo, publiqué uno de los poemas más cándidos y llenos de humor de Arango: uno que contaba como el pedo de Neil Armstrong rompía la tranquilidad y escrupulosa pompa de la conquista selenita. Su publicación la metí deliberadamente en el último minuto para que se salvara de la tijera del profesor que tenía la responsabilidad de cuidar la virginidad mental de mis condiscípulos. Ese Gonzalo es el mismo que se fue un 25 de septiembre del 76 por un orificio del infierno que se le abrió en una carretera del altiplano. Ese es el gonzaloarango que recuerdo después del hombre.

Upgrade (9:42 a.m.): A esta hora no he visto que algún medio masivo dé cuenta de esta conmemoración, con excepción del portal de la HJCK. y de Analitica.com, de Venezuela, que reproduce el contenido de la emisora de don Álvaro Castaño Castillo. También este artículo en Semana.

Preguntas al aire: ¿Los medios culturales colombianos prefirieron escribir NADA sobre Arango?

Mi 11-S

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Hace cinco años cuando veía los destrozos del 11-S en directo, me llegaban los recuerdos de cuando subí a la última terraza del WTC y pude ver en el horizonte lo que parecía la curvatura de la tierra. ‘The Top of the World’ decían los carteles de la publicidad que un año antes me habían convidado a subir con esa promesa, cumplida por cierto. Esa tarde me había escapado de una conferencia de una empresa de tecnología y subí con dos de mis mejores amigos periodistas: Carlos Sandoval y Kesmira Zarur, que por coincidencias de la vida estaban celebrando su luna de miel justo en la misma semana en que yo atendía ese seminario de la industria. Hoy en día, aunque vivimos en Bogotá, no logramos acordar una reunión en un domingo…Hace cinco años, el 11 de septiembre estalló estruendosamente contra mi vida. Pero yo solo fui un testigo, como millones más en todo el globo. Realmente marcó la vida de decenas de miles de personas. El planeta cambió, como si hubiese recibido el impacto de un asteroide tantas veces anunciado. Esa mañana, aún un poco adormilado, desde la cama escuché el primer campanazo por Caracol Televisión en su edición matinal: “¡Atención, noticia de última hora! A estas horas, los cuerpos de bomberos intentan llegar al piso XX (no lo recuerdo) para intentar apagar las llamas de un incendio, aparentemente producido por una avioneta que se habría accidentado contra una de las torres gemelas del WTC en Nueva York…”. Isaac Nessim era uno de los tantísimos presentadores en todo el mundo que estaban desorientados. No lo culpo. Los mismos presentadores del Canal 5, en pleno corazón de Manhattan, ignoraban lo que había pasado.

Apenas con vaga información, ese día me fui a trabajar relativamente tranquilo sin imaginar lo que habría de ocurrir después. Vivía para esa época en La Cabrera, al norte de la capital. Era día de cierre. Fungía como el editor general de la revista INTER-Cambio, una revista sobre Internet, que pertenecía a la revista Cambio. Los cierres los hacíamos en Incubeit, una firma de diseño, a pocas calles de mi casa. A pocos minutos de llegar, uno de los diseñadores me preguntó si había escuchado “lo de Nueva York”. Le dije que sí en mi inocencia, algo como que “qué vaina con lo de la avioneta”. “No -me increpó feliz por mi ignorancia mediática y su prematura madurez noticiosa-, dicen que es un atentado”.

A partir de ese momento empezó mi desespero. No tenía familiares ni conocidos, pero me angustiaba tener que cerrar vacuos artículos (así los sentía en ese momento, ese día) atemporales cuando la actualidad me reclamaba como nunca antes. Sin un televisor a la mano y solo un radiecito, esa mañana cerrábamos la revista a paso de tortuga, pero con ansiedad. Envidiaba a Paola Romo, mi colega de Cambio, que estaba haciendo un curso de periodismo de unas semanas en NY. Supe al día siguiente que no había salido a la calle porque estaba en plena clase. Maldije – injustamente- al profesor que no se le ocurrió que la mejor clase en la historia del periodismo habría sido darles la orden de colgarse una cámara y una agenda de apuntes y cubrir quizás uno de los episodios de solo un día, más violentos en la historia contemporánea.

Salí a la calle ante el rumor de una edición extra de El Tiempo, no la conseguí. Mi alternativa fue Internet. Una de las primeras especulaciones era que el gobierno de Estados Unidos al parecer tenía indicios de que detrás de un ataque como ese estaban las Farc. Eso me angustió mucho más porque imaginé los bombardeos sobre Colombia al día siguiente. Afortunadamente me convencí de que su arrogancia (la de las Farc, por la de Bush no respondo) no llegaría hasta tanto. Recuerdo que CNN tuvo que aligerar su versión digital porque la demanda fue tan alta que los portales colapsaron; mientras que El País de España, horas después, hizo unas buenas infografías animadas en su sitio web. Un poco más tarde conseguí un ejemplar extra de El Tiempo donde ya figuraba sindicado Osama Ben Laden (¿por los medios?).

Ese día fue el seguimiento televisivo de una tragedia con imágenes de desesperados oficinistas que, sin esperanza alguna de salvarse, solo podían optar por la forma de morir y cuyo destino casi siempre era el abismo exterior desde un piso 40 ó superior. El horror vino con el impacto del segundo avión. Fue ahí cuando todos despejamos las dudas: No había sido un accidente. Esa película de pánico llegó a su clímax con el desmoronamiento de cada una de las torres, y con ellas, las vigas de la esperanza.

Los siguientes días fueron una continua creación y recreación de los hechos. Los medios transmitían en directo desde Ground Zero; comenzaban a aparecer las historias de vida y de muerte entre los escombros; resucitaban los recuerdos con Carlos y Kesmira de ese ascenso por los elevadores turísticos, de sentir respirar una ciudad como NY que desde ese ‘cielo’ parecía un gigante dormido con la tos de sus calles. Ese día y los siguientes marcarían también la historia de los medios por un episodio que resultó una prueba de fuego, que los sometió al escrutinio y que con su poder soberbio contaron a su manera esta tajada de la historia. ¿La contaron o la hicieron? Para muchos, el papel de los medios fue altamente cuestionable por buscar solo los ángulos amarillistas y evadir su responsabilidad social.

Preguntas al aire: Hoy estarán apareciendo en todos los medios las crónicas y los reportajes sobre lo que ocurrió y lo que significo ese día en la historia de la sociedad ¿Cómo recuerda haber vivido el 11-S a través de los medios de comunicación? ¿Cómo ve los homenajes y especiales periodísticos que se recrean todos los años desde el 2001, incluidos los de hoy?

Avance informativo: Seguridad democrática a estas horas

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A estas horas, mientras avanza la posesión del presidente de Colombia, Álvaro Uribe Vélez, quien señala la importancia de la seguridad democrática, Bogotá disfruta de completa calma. No solo por la presencia de las autoridades militares y de policía en el espacio público, sino por la ausencia de todos los políticos en las calles, quienes están ‘encerrados’ en el recinto del Congreso. Lo dicho: la ‘seguridad democrática’ es un hecho, por lo menos hoy y el parte,en este caso, es de completa ‘anormalidad’.Amigos políticos (a quien si tengo que explicarles): Tómenlo con calma. Es una broma para iniciarse en su primer día de legislatura.

Relatos breves para una Cartagena extensa (IV): La plaza que el Diablo no abandona

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La Plaza de Santo Domingo suena hoy, muy distinto a como –imagino– debía sonar, verse, olerse y transpirarse hace 455 años. Pero algunas cosas, hoy, por lo menos se parecen. Las plazas en el centro histórico de Cartagena se formaban por la necesidad de que los aldeanos tuvieran un mínimo espacio para la entrada y salida de las misas y, por ello, las pocas plazas que tiene esta ciudad son unos claros que quedaban delante de las iglesias. Hace 430 años, muy cerca de allí, funcionaba el poco amable Tribunal de la Santa Inquisición, por lo cual toda muestra de inteligencia era susceptible de ser ‘corregida’. Y más si provenía de una mujer, lo cual era, irremediablemente, síntoma de una presunta brujería por lo cual creo que la efusividad y la “cheveridad” eran expresiones para guardar. Seguramente los grandes señores como el Marqués de Valdehoyos y otros entraban a la plaza en medio del estallido de las herraduras de sus caballos contra el adoquinado de la Plaza para mostrar toda su autoridad e intimidar a los nuevos esclavos. La leyenda dice que poco antes de la culminación de la torre de la iglesia, el Diablo en persona, cual ‘traqueto’, se le dio por derrumbar la torre y de un brinco se aferró a la estructura, zarandeándola con fuerza y aunque no pudo arrancarla de tajo, si la dejó torcida. Imagino que los constructores de la época se inventaron tal leyenda para evitar que le cayeran los eventuales ‘interventores’ como si se tratara de un puente vehicular en Bogotá…
En 1588, dos años después del asalto del pirata Francis Drake, al gobierno de turno se le ocurrió algo así como un impuesto del 4 x 1.000, pero fue nada menos que una ‘limosna’ de 500 pesos mediante Real Cédula, para comenzar las reparaciones necesarias para el edificio.Hoy, en la Plaza no se ve al Diablo, pero sí a las ‘diablas’ que hostigan a los turistas ingleses que buscan las esmeraldas, pero ahora por las buenas, sin saltarse la muralla; los negros no son esclavos de ningún marqués, pero sí están esclavizados por la necesidad de comprarse las últimas ‘zapatillas’ Nike; las tiendas de abarrotes en las que se conseguían brebajes para curar los males del trópico, fueron desplazadas por los bares donde muchos turistas esperan contagiarse del trópico, aunque a veces no se encuentren lugares plenamente cartageneros, sino varios bistrot, bodeguitas habaneras, trattorías, y demás importaciones culturales. Imagino que sus dueños utilizan la misma lógica del ‘gringo’ promedio: “De México para abajo todo es lo mismo”. Por eso hay desde comparsas de bullerengue, hasta mariachis, soneros, boleristas y palenqueras. A 5.000 ‘barras’, estas últimas reciben más ingresos al día por posar en las fotos, que por la venta de sandía o mango. Tomarse una cerveza allí debería ser sinónimo de un descanso apacible, pero es la infortunada ronda de estar evadiendo a todos los vendedores ambulantes que ofrecen las réplicas de la Mujer Reclinada (‘la gorda)’ de Botero, los auténticos ‘Mont Black’ (sic), las gafas, las camisetas con las murallas dibujadas y hasta sombreros agüadeños.

Hoy, más de 500 años después, los colombianos siguen intercambiando baratijas, pero por el ‘oro’ de los industriales y turistas extranjeros que intentan descansar un rato en un destino alternativo. La arquitectura está ahora menos preparada para la defensa del bastión y más al ataque al consumidor; quizá por eso, algunas casas conservan los viejos candados que los jinetes abrían desde su silla de montar, pero otras han cambiado los viejos portones de madera de cedro por las vitrinas minimalistas en vidrio de Silvia Tcherassi, Bettina Spitz o Hernán Zajar. Tampoco son ya los piratas Drake y Morgan los que azotan el mar caribeño, sino una nueva generación de mercenarios que venden las copias ilegales de la música de Don Ómar y a la única reina a la que rinden tributo es a Ivy Queen.

Cartagena es exuberante, una ciudad mágica que poetas, músicos, escritores y demás locos siguen evocando en sus relatos juglares, pero hoy es una ciudad distinta o, mejor, tres ciudades entorno a una sola: la idílica, la que alimenta sus leyendas en una plaza a la que hasta al Diablo le dio por torcer sus bases.

Relatos breves para una Cartagena extensa (III): Las tres Cartagenas

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A Cartagena si le cabe ese lugar común de que es una ciudad de ciudades. Pero aquí tiene que ver con las ciudades invisibles. Hay tres claras ciudades. La primera es la amurallada, la construida para la defensa de los tesoros que se enviaban a España; espectacular en su gran mayoría de las calles con arquitectura española de influencia mozárabe en las que a sus habitantes les resulta más cerca relacionarse y comunicarse a través de los balcones de los segundos pisos; cada casa del sector cercano al hotel Santa Clara o al Claustro de Santo Domingo puede alcanzar valores aproximados de un millón de dólares. Es la ciudad que la mayoría de visitantes va a ver, especialmente los extranjeros; esta Cartagena aparece en algunos itinerarios de los cruceros, pero sin contexto suficiente porque decir que esta ciudad está en Colombia es “demasiado peligroso”… Para los planes de mercadeo. La segunda ciudad es la de las playas y su epicentro está en el sector de Bocagrande y El Laguito. Es la ciudad preferida por los que van en busca de piel bronceada, rumba. Y hasta prostitución donde, aunque no se puede estigmatizar, ya se reconoce al viejo edificio ‘Conquistador’ como el punto de encuentro de ‘la oferta y la demanda’. En esta segunda ciudad duermen, cuando duermen, muchos de los que van a conocer la ciudad amurallada.
Pero hay una tercera ciudad que es más alucinante y es en la que vive la mayoría de las personas que trabajan formalmente, muy duro, en las otras dos ciudades; también están los que informalmente someten a los turistas de las otras ciudades a una presión desproporcionada con la venta de “la gafa, la gafa”, las trenzas rastas, el paseo guiado, la réplica de la gorda de Botero, las manillas, las cocadas, los cubiertos de carey, las fotos, el paseo ‘en banana’, la moto acuática, el masaje con aceite de coco, las serenatas no solicitadas en la Plaza de Santo Domingo…Esta tercera Cartagena vive en situaciones realmente complejas. Se estima que el 70 por ciento de sus habitantes vive en los estratos socioeconómicos 1, 2 y 3, entre los cuales, el 43% ‘hace aguas’ en la indigencia con menos de un dólar diario. Allí, las celebradas, pero controladas humedades que en la ciudad amurallada resulta chic mantenerlas porque dan una apariencia de inmueble antiquísimo, en la tercera Cartagena, la de barrios como Nelson Mandela, Henequén y Mis Cojones, son síntomas de que esa noche no saben si amanecerán con techo; se come pescado casi todos los días, pero no porque se haga dieta y las carnes blancas “hagan menos daño que las rojas”, sino porque no hay otra opción. El día que no hay pescado, quizá no hay comida. A esta tercera Cartagena le ha sido prohibido el ingreso a la amurallada en ciertas ocasiones, como cuando “por razones de seguridad”, el recinto ha sido clausurado para celebrar alguna cumbre internacional sobre la pobreza o cuando vino George W. Bush y no se le permitió el ingreso a los vendedores ambulantes.

Esta tercera Cartagena no es vista por los medios de comunicación porque por allí no hace ejercicio Salvo Basile ni por allí camina la provinciana aristocracia local de nuestro jet-set bananero; esta otra Cartagena se abre paso a las malas desde la época en que el Marqués de Valdehoyos traficaba con la tercera Cartagena, y todavía no ha logrado los espacios que merece. Esta tercera Cartagena parecería que solo conmueve a los que por allí transitamos, aunque sepamos de su existencia tanto como de las otras dos ciudades desde hace algunos años. Ayer visité la plaza de mercado de Bazurto. Me advertían los amigos cartageneros que no debí ir para allá, que los olores de la venta de pescado me harían evocar mis nauseas… “Deje así”. Fui. Sí, es una plaza con problemas de salubridad como casi cualquier otra del país, donde no hay como refrigerar el pescado, pero todo el que allí se consigue es fresco siempre. Reconozco que me miraban raro, de forma intimidatoria en algunos casos y con señales que hacían de una esquina a otra como advirtiendo mi paso, a lo que cual simplemente caminaba como viejo errante de esa plaza y cambiaba de dirección. Los olores no me marearon como suponían los amigos que no quisieron acompañarme, pero me sorprendió la convivencia íntima y compleja con un brazo de la ciénaga que por allí pasa, absolutamente contaminada. A esa ciénaga se le soporta, se le odia y se le trata como cloaca.

No me cabe duda de que a los medios de comunicación en Colombia parece favorecerles ignorar la tercera Cartagena. A RCN le interesan las dos primeras, sobre todo la segunda, la de Bocagrande, porque el Reinado Nacional de Cartagena (donde se elige la Señorita Colombia) es transmitido, año tras año, por este canal que adquirió los derechos como si se tratara, a propósito de esta ocasión, de un virreinato en la ‘vieja’ Nueva Granada. Y al resto de medios les parece más vendedor narrar las crónicas rosas de los personajes curtidos en las páginas sociales y deleitarse con los comentarios frívolos de Poncho Rentería y sus amigas, las dueñas de todos los French Poodle que huelen a Chanel en Colombia y a los que les gastan las fortunas que nunca verán los de la tercera Cartagena. En conclusión, esas dos glamurosas Cartagenas son las que tiene el 90 por ciento de la población colombiana en la cabeza, gracias a los medios. Si va a cartagena vaya con otros ojos, más de viajero que de turista.

Preguntas al aire: ¿Qué imagen tiene usted de Cartagena? ¿Según los medios de comunicación hay alguna otra ciudad que valga la pena visitar en Colombia?

Relatos breves para una Cartagena extensa (II): Todos los días nace Benkós

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Antonio* tiene ahora los músculos relajados. Hace 15 años cuando tenía la mitad de su vida, los músculos de este negro estaban tensos. Una tarde como la de hoy, hace tres lustros, estaría ocupando uno de los sacos de arena que él utilizaba para entrenar como boxeador porque pensaba ser el sucesor del ‘Happy’ Lora o de Fidel Bassa. Su entrenador le propuso que midiera sus fuerzas en una disciplina distinta: la halterofilia. Este deporte con nombre evocador de enfermedades contagiosas, lo enamoró. Estuvo tres años en eso. Me cuenta que era bueno porque era corto de estatura, pero con brazos fuertes y me dice que tiene nostalgia al ver los juegos Centroamericanos y del Caribe por televisión, porque él habría podido darle esas satisfacciones a Colombia, si hubiese seguido, pero no encontró patrocinio. Y ese ritmo de trabajar vendiendo gafas o dulces en la calle todos los días hasta las tres de la tarde; atravesar la ciudad para llegar al Chico de Hierro, un gimnasio en el Pie de la Popa; entrenar tres horas y correr apresuradamente para hacer su bachillerato nocturno en el Liceo, lo estaba acabando, pero, sobre todo, frustrando. A sus quince años, Antonio era un Benkós, el rebelde guerrero negro de San Basilio de Palenque que se alzó contra los españoles y les mostró quién era quien en la Cartagena colonial.Dejó de alzar pesas para tratar de levantar unos pesos. Prestó el servicio militar y luego su sargento lo convenció para que no regresara a ‘la civil’. Antonio se quedó. Como soldado profesional podría enviarle casi todo el sueldo a su mamá. Se curtió en los Montes de María y a veces recibió órdenes raras para no atacar un grupo guerrillero ya identificado por la línea de avanzada. Una vez, González*, su lancero entrañable, apareció muerto en La Diez, una calle tenebrosa para las ‘señoras bien’ de Santa Marta, y la preferida de las ‘señoras mal’. Los relatos dicen que González flirteó con una de las ‘pajaritas’ de La Diez, que ya tenía dueño; este, enceguecido por la ira, se fue contra González, pero antes recibió de González “un coñazo muñeque e’ burra” que le partió uno de los pómulos y le dejó hendido el hueso. Luego del golpe de gracia, habría corrido hasta el muelle, pero se había llevado a domicilio un proyectil caliente de un 38 de cañón tres cuartos. Al parecer, no se había dado cuenta de la bala alojada en el pulmón izquierdo hasta que sintió empapada su camisa. Alcanzó a llegar muy cerca de la base. Cuando se supo quién lo había matado, solo la guardia quedó en la base y todos llegaron hasta La Diez y treparon todas las calles hasta que dieron con el sujeto y lo llevaron hasta el cuartel. Se dijo que era un líder de las milicias urbanas del paramilitarismo en Magdalena. En los papeles está registrado que lo soltaron por falta de pruebas. “Todavía lo están esperando en su casa”, me dice Antonio.
* Los nombres han sido cambiados por seguridad.

Relatos breves para una Cartagena extensa (I): El 20 de julio más negro de Colombia

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Nota del autor: Para terminar esta semana, he pensado alimentar este blogcito con una serie de relatos breves sobre una Cartagena que he encontrado más inmensa que nunca. No son crónicas, no domino ese género, son solo pulsiones en un ambiente acalorado ¿De acuerdo? Así que si esto lo lee un estudiante de periodismo lo conmino a que desaprenda después de esto.

Es el 20 de julio más negro que ha presenciado el autor de estas líneas. Soy un hombre de mediana edad y nunca había visto una celebración del Día de la Independencia de Colombia, tan negro. El sol pleno, casi cenital, se posaba sobre la Cartagena de las murallas como diciéndole a todos que este día solo estaba disponible para entrar al Corralito.Sin embargo este día fue negro, felizmente negro, porque la gran gracia de Cartagena de Indias es que realmente ha sido una Cartagena de negros. Aunque apellidos como Román, Emiliani y otros han dominado el firmamento social de la ciudad, Cartagena es mayoritariamente una ciudad negra, como lo son sus murallas de piedra curtidas por el sol y la sal. Este 20 de julio desfilaron 47 colegios con sus bandas de guerra y sus bandas de paz; con niños que parecería debieran estar tomando tetero, y no izando un bombardino; con negritas adorables estrenando sus trenzas de ébano y sus dientes de comerciales de dentífrico.

Un 20 de julio en Cartagena es sencillamente espectacular porque la vida corre a otro ritmo y aquí no importa tanto qué diablos están haciendo esos cachacos en la posesión del Congreso. Qué delicia y qué envidia. Lamento haberme perdido los otros 32 porque es un festival para el ojo con tantísimos colores, con sonrisas infinitas. A las 6:13 de la tarde, una nube que parecía la amenaza de un diluvio bíblico se tendió sobre la bóveda azul con un su manto negro y todos corrieron despavoridos a cubrirse como si cayeran meteoritos. Solo unos pocos cachacos, a los que miraban como locos, quedamos a la intemperie, agradeciendo las primeras gotas en la piel sudorosa. Por eso, este 20 de julio comenzó felizmente negro para todos nosotros y frustrantemente negro para los cartageneros que vieron como sus hijos, embutidos en uniformes de tafetán, paño y lino blanco, quedaban expuestos a la voluntad de Dios y de San Pedro.

¡Qué PARAnoia!: El “instructivo para”

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Hoy estuve en Corferias para recibir la capacitación como jurado para las próximas elecciones que se realizarán en Colombia el 28 de mayo para elegir presidente para los próximos cuatro años.
Era necesario asistir para estar bien informado y era obligatorio firmar la asistencia para evitar ser sancionado. Al finalizar la capacitación, nos entregaron el instructivo para la elección, pero para mi sorpresa, noté que el diseño de la cartilla de 22 páginas no fue el más afortunado para comunicar y, allí, el resultado podría prestarse para confusiones pues la titulación en el diseño dice: Instructivo para 2006 elección de presidente y vicepresidente de la República el 28 de mayo (ver la foto). Justo con este presidente al que muchos tildan de paramilitar y la Registraduría Nacional del Estado Civil deja salir esta cartilla… El autor de esta ‘colosal’ obra (diseño, diagramación e impresión) que me ha divertido toda la mañana es la Secretaría General Unidad Imprenta Distrital. Para ellos mis felicitaciones.

Pregunta al aire para los lectores: Así como me tocó a mí el “Instructivo para” ¿a otros les habrá tocado el “Instructivo guerrillo”?

PDTA: El editor de Diario Nocturno, que asistió conmigo a la famosa capacitación, también publica esta primicia. Por este post fuimos citados en Humor Vitreo, de eltiempo.com y por Hechos Uribe.

¿Qué por qué amo a Chapinero?

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¿Que por qué amo a Chapinero? Sencillo. Por el sopor technicolor de la gasolina en el aire; por el aroma inconfundible del sabor hecho buñuelo; por los pandeyucas; por la sangre embutida en la tripa translúcida convertida en delicados eslabones de la cadena de colesterol: los chorizos; por los pregones destemplados; por los pollos asados de 6.000 pesos; por las láminas de Panini del álbum del momento; por las lámparas construidas con conchas de caracol gigante, por los brillantes Budas en porcelanicrón; por las pajareras con bisutería de fantasía novelesca; por los perritos con su cabeza tambaleante para “engallar” el tablero de algún taxi; por las corbatas “coreanas con seda italiana” a 7.000 pesos; por los fieles con la felicidad y paz eterna empaquetada en pequeños y lustrosos misales; por los intelectuales buscando esa edición de Cien Años de Soledad que algún ignorante haya dejado perder en un andén; por los millares de papelitos con las promesas de chamanes urbanos que garantizan “el regreso del ser amado en menos de 24 horas”; por las camisetas Ricky Martin; por las gafas con el sello verbal e irreprochable de “la de moda”; por los mariachis con muestras gratis de Negrita de mis pesares…; por los payasos del corrientazo; por los invisibles invencibles; por los teatros; por las compraventas que guardan nostalgias ajenas; por las palomas de Lourdes; por los “gimnasios mentales”; por las academias de exóticas artes marciales; por los estudiantes de odontología buscando yeso para sus trabajos finales; por los octogenarios fotógrafos vendiendo su arte de luz y sombra en precarios daguerrotipos; por los poetas con versos en servilletas; por las declaraciones de amor en las bancas de los parques; por los ascensores de canasta en los almacenes populares; por las miradas asombradas de campesinos en su “primera noche”; por los últimos 600 pesos “invertidos” de un estudiante en el último níquel de una maquinita… ¿Les parece poquito?

Ojo panóptico

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ojo panóptico Posted by Hello

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