Zona Crónica
Elegía a la herejía: 30 años sin Gonzalo Arango
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Me había dicho a mi mismo hace unos meses que prepararía este homenaje postumo. Pero el día me llegó puntual y yo sin tiempo para escribir algo decente. Gonzalo Arango, el hijo de Andes (Antioquia) y que se llevaría por el camino ruin de la poesía descarnada, pero inocente a la vez, a otros peludos de su época magnífica como X-504, Jotamario, AmílkarU, Elmo Valencia, (‘El monje loco’), Darío Lemos, Eduardo Escobar,… Se los llevó por las letras y no los devolvió enteros, sino fragmentados en lluvias cósmicas, cómicas y ácidas (y, por lo que se cuenta, también con naufragios entre los ácidos).En homenaje a él le puse así a ese periodicucho barato y en homenaje a Gonzalo, publiqué uno de los poemas más cándidos y llenos de humor de Arango: uno que contaba como el pedo de Neil Armstrong rompía la tranquilidad y escrupulosa pompa de la conquista selenita. Su publicación la metí deliberadamente en el último minuto para que se salvara de la tijera del profesor que tenía la responsabilidad de cuidar la virginidad mental de mis condiscípulos. Ese Gonzalo es el mismo que se fue un 25 de septiembre del 76 por un orificio del infierno que se le abrió en una carretera del altiplano. Ese es el gonzaloarango que recuerdo después del hombre.
- Más sobre gonzalo Arango en la Wikipedia, en el muy buen sitio web de Gonzalo Restrepo; más sobre Fernando González en Otraparte.org.
Preguntas al aire: ¿Los medios culturales colombianos prefirieron escribir NADA sobre Arango?
Mi 11-S
22Apenas con vaga información, ese día me fui a trabajar relativamente tranquilo sin imaginar lo que habría de ocurrir después. Vivía para esa época en La Cabrera, al norte de la capital. Era día de cierre. Fungía como el editor general de la revista INTER-Cambio, una revista sobre Internet, que pertenecía a la revista Cambio. Los cierres los hacíamos en Incubeit, una firma de diseño, a pocas calles de mi casa. A pocos minutos de llegar, uno de los diseñadores me preguntó si había escuchado “lo de Nueva York”. Le dije que sí en mi inocencia, algo como que “qué vaina con lo de la avioneta”. “No -me increpó feliz por mi ignorancia mediática y su prematura madurez noticiosa-, dicen que es un atentado”.
A partir de ese momento empezó mi desespero. No tenía familiares ni conocidos, pero me angustiaba tener que cerrar vacuos artículos (así los sentía en ese momento, ese día) atemporales cuando la actualidad me reclamaba como nunca antes. Sin un televisor a la mano y solo un radiecito, esa mañana cerrábamos la revista a paso de tortuga, pero con ansiedad. Envidiaba a Paola Romo, mi colega de Cambio, que estaba haciendo un curso de periodismo de unas semanas en NY. Supe al día siguiente que no había salido a la calle porque estaba en plena clase. Maldije – injustamente- al profesor que no se le ocurrió que la mejor clase en la historia del periodismo habría sido darles la orden de colgarse una cámara y una agenda de apuntes y cubrir quizás uno de los episodios de solo un día, más violentos en la historia contemporánea.
Salí a la calle ante el rumor de una edición extra de El Tiempo, no la conseguí. Mi alternativa fue Internet. Una de las primeras especulaciones era que el gobierno de Estados Unidos al parecer tenía indicios de que detrás de un ataque como ese estaban las Farc. Eso me angustió mucho más porque imaginé los bombardeos sobre Colombia al día siguiente. Afortunadamente me convencí de que su arrogancia (la de las Farc, por la de Bush no respondo) no llegaría hasta tanto. Recuerdo que CNN tuvo que aligerar su versión digital porque la demanda fue tan alta que los portales colapsaron; mientras que El País de España, horas después, hizo unas buenas infografías animadas en su sitio web. Un poco más tarde conseguí un ejemplar extra de El Tiempo donde ya figuraba sindicado Osama Ben Laden (¿por los medios?).
Ese día fue el seguimiento televisivo de una tragedia con imágenes de desesperados oficinistas que, sin esperanza alguna de salvarse, solo podían optar por la forma de morir y cuyo destino casi siempre era el abismo exterior desde un piso 40 ó superior. El horror vino con el impacto del segundo avión. Fue ahí cuando todos despejamos las dudas: No había sido un accidente. Esa película de pánico llegó a su clímax con el desmoronamiento de cada una de las torres, y con ellas, las vigas de la esperanza.
Los siguientes días fueron una continua creación y recreación de los hechos. Los medios transmitían en directo desde Ground Zero; comenzaban a aparecer las historias de vida y de muerte entre los escombros; resucitaban los recuerdos con Carlos y Kesmira de ese ascenso por los elevadores turísticos, de sentir respirar una ciudad como NY que desde ese ‘cielo’ parecía un gigante dormido con la tos de sus calles. Ese día y los siguientes marcarían también la historia de los medios por un episodio que resultó una prueba de fuego, que los sometió al escrutinio y que con su poder soberbio contaron a su manera esta tajada de la historia. ¿La contaron o la hicieron? Para muchos, el papel de los medios fue altamente cuestionable por buscar solo los ángulos amarillistas y evadir su responsabilidad social.
Preguntas al aire: Hoy estarán apareciendo en todos los medios las crónicas y los reportajes sobre lo que ocurrió y lo que significo ese día en la historia de la sociedad ¿Cómo recuerda haber vivido el 11-S a través de los medios de comunicación? ¿Cómo ve los homenajes y especiales periodísticos que se recrean todos los años desde el 2001, incluidos los de hoy?
Relatos breves para una Cartagena extensa (IV): La plaza que el Diablo no abandona
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La Plaza de Santo Domingo suena hoy, muy distinto a como –imagino– debía sonar, verse, olerse y transpirarse hace 455 años. Pero algunas cosas, hoy, por lo menos se parecen. Las plazas en el centro histórico de Cartagena se formaban por la necesidad de que los aldeanos tuvieran un mínimo espacio para la entrada y salida de las misas y, por ello, las pocas plazas que tiene esta ciudad son unos claros que quedaban delante de las iglesias. Hace 430 años, muy cerca de allí, funcionaba el poco amable Tribunal de la Santa Inq
uisición, por lo cual toda muestra de inteligencia era susceptible de ser ‘corregida’. Y más si provenía de una mujer, lo cual era, irremediablemente, síntoma de una presunta brujería por lo cual creo que la efusividad y la “cheveridad” eran expresiones para guardar. Seguramente los grandes señores como el Marqués de Valdehoyos y otros entraban a la plaza en medio del estallido de las herraduras de sus caballos contra el adoquinado de la Plaza para mostrar toda su autoridad e intimidar a los nuevos esclavos. La leyenda dice que poco antes de la culminación de la torre de la iglesia, el Diablo en persona, cual ‘traqueto’, se le dio por derrumbar la torre y de un brinco se aferró a la estructura, zarandeándola con fuerza y aunque no pudo arrancarla de tajo, si la dejó torcida. Imagino que los constructores de la época se inventaron tal leyenda para evitar que le cayeran los eventuales ‘interventores’ como si se tratara de un puente vehicular en Bogotá…
fueron desplazadas por los bares donde muchos turistas esperan contagiarse del trópico, aunque a veces no se encuentren lugares plenamente cartageneros, sino varios bistrot, bodeguitas habaneras, trattorías, y demás importaciones culturales. Imagino que sus dueños utilizan la misma lógica del ‘gringo’ promedio: “De México para abajo todo es lo mismo”. Por eso hay desde comparsas de bullerengue, hasta mariachis, soneros, boleristas y palenqueras. A 5.000 ‘barras’, estas últimas reciben más ingresos al día por posar en las fotos, que por la venta de sandía o mango. Tomarse una cerveza allí debería ser sinónimo de un descanso apacible, pero es la infortunada ronda de estar evadiendo a todos los vendedores ambulantes que ofrecen las réplicas de la Mujer Reclinada (‘la gorda)’ de Botero, los auténticos ‘Mont Black’ (sic), las gafas, las camisetas con las murallas dibujadas y hasta sombreros agüadeños.
Hoy, más de 500 años después, los colombianos siguen intercambiando baratijas, pero por el ‘oro’ de los industriales y turistas extranjeros que intentan descansar
un rato en un destino alternativo. La arquitectura está ahora menos preparada para la defensa del bastión y más al ataque al consumidor; quizá por eso, algunas casas conservan los viejos candados que los jinetes abrían desde su silla de montar, pero otras han cambiado los viejos portones de madera de cedro por las vitrinas minimalistas en vidrio de Silvia Tcherassi, Bettina Spitz o Hernán Zajar. Tampoco son ya los piratas Drake y Morgan los que azotan el mar caribeño, sino una nueva generación de mercenarios que venden las copias ilegales de la música de Don Ómar y a la única reina a la que rinden tributo es a Ivy Queen.
Cartagena es exuberante, una ciudad mágica que poetas, músicos, escritores y demás locos siguen evocando en sus relatos juglares, pero hoy es una ciudad distinta o, mejor, tres ciudades entorno a una sola: la idílica, la que alimenta sus leyendas en una plaza a la que hasta al Diablo le dio por torcer sus bases.
Relatos breves para una Cartagena extensa (III): Las tres Cartagenas
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La segunda ciudad es la de las playas y su epicentro está en el sector de Bocagrande y El Laguito. Es la ciudad preferida por los que van en busca de piel bronceada, rumba. Y hasta prostitución donde, aunque no se puede estigmatizar, ya se reconoce al viejo edificio ‘Conquistador’ como el punto de encuentro de ‘la oferta y la demanda’. En esta segunda ciudad duermen, cuando duermen, muchos de los que van a conocer la ciudad amurallada.
na vive en situaciones realmente complejas. Se estima que el 70 por ciento de sus habitantes vive en los estratos socioeconómicos 1, 2 y 3, entre los cuales, el 43% ‘hace aguas’ en la indigencia con menos de un dólar diario. Allí, las celebradas, pero controladas humedades que en la ciudad amurallada resulta chic mantenerlas porque dan una apariencia de inmueble antiquísimo, en la tercera Cartagena, la de barrios como Nelson Mandela, Henequén y Mis Cojones, son síntomas de que esa noche no saben si amanecerán
con techo; se come pescado casi todos los días, pero no porque se haga dieta y las carnes blancas “hagan menos daño que las rojas”, sino porque no hay otra opción. El día que no hay pescado, quizá no hay comida. A esta tercera Cartagena le ha sido prohibido el ingreso a la amurallada en ciertas ocasiones, como cuando “por razones de seguridad”, el recinto ha sido clausurado para celebrar alguna cumbre internacional sobre la pobreza o cuando vino George W. Bush y no se le permitió el ingreso a los vendedores ambulantes.
Esta tercera Cartagena no es vista por los medios de comunicación porque por allí no hace ejercicio Salvo Basile ni por allí camina la provinciana aristocracia local de nuestro jet-set bananero; esta otra Cartagena se abre paso a las malas desde la época en que el Marqués de Valdehoyos traficaba con la tercera Cartagena, y todavía no ha logrado los espacios que merece. Esta tercera Cartagena parecería que solo conmueve a los que por allí transitamos, aunque sepamos de su existencia tanto como de las otras dos ciudades desde hace algunos años. Ayer visité la plaza de mercado de Bazurto. Me advertían los amigos cartageneros que no debí ir para allá, que los olores de la venta de pescado me harían evocar mis nauseas…
“Deje así”. Fui. Sí, es una plaza con problemas de salubridad como casi cualquier otra del país, donde no hay como refrigerar el pescado, pero todo el que allí se consigue es fresco siempre. Reconozco que me miraban raro, de forma intimidatoria en algunos casos y con señales que hacían de una esquina a otra como advirtiendo mi paso, a lo que cual simplemente caminaba como viejo errante de esa plaza y cambiaba de dirección. Los olores no me marearon como suponían los amigos que no quisieron acompañarme, pero me sorprendió la convivencia íntima y compleja con un brazo de la ciénaga que por allí pasa, absolutamente contaminada. A esa ciénaga se le soporta, se le odia y se le trata como cloaca.
No me cabe duda de que a los medios de comunicación en Colombia parece favorecerles ignorar la tercera Cartagena. A RCN le interesan las dos primeras, sobre todo la segunda, la de Bocagrande, porque el Reinado Nacional de Cartagena (donde se elige la Señorita Colombia) es transmitido, año tras año, por este canal que adquirió los derechos como si se tratara, a propósito de esta ocasión, de un virreinato en la ‘vieja’ Nueva Granada. Y al resto de medios les parece más vendedor narrar las crónicas rosas de los personajes curtidos en las páginas sociales y deleitarse con los comentarios frívolos de Poncho Rentería y sus amigas, las dueñas de todos los French Poodle que huelen a Chanel en Colombia y a los que les gastan las fortunas que nunca verán los de la tercera Cartagena. En conclusión, esas dos glamurosas Cartagenas son las que tiene el 90 por ciento de la población colombiana en la cabeza, gracias a los medios. Si va a cartagena vaya con otros ojos, más de viajero que de turista.
Preguntas al aire: ¿Qué imagen tiene usted de Cartagena? ¿Según los medios de comunicación hay alguna otra ciudad que valga la pena visitar en Colombia?
Relatos breves para una Cartagena extensa (II): Todos los días nace Benkós
2* Los nombres han sido cambiados por seguridad.
Relatos breves para una Cartagena extensa (I): El 20 de julio más negro de Colombia
8Es el 20 de julio más negro que
ha presenciado el autor de estas líneas. Soy un hombre de mediana edad y nunca había visto una celebración del Día de la Independencia de Colombia, tan negro. El sol pleno, casi cenital, se posaba sobre la Cartagena de las murallas como diciéndole a todos que este día solo estaba disponible para entrar al Corralito.Sin embargo este día fue negro, felizmente negro, porque la
gran gracia de Cartagena de Indias es que realmente ha sido una Cartagena de negros. Aunque apellidos como Román, Emiliani y otros han dominado el firmamento social de la ciudad, Cartagena es mayoritariamente una ciudad negra, como lo son sus murallas de piedra curtidas por el sol y la sal. Este 20 de julio desfilaron 47 colegios con sus bandas de guerra y sus bandas de paz; con niños que parecería debieran estar tomando tetero, y no izando un bombardino; con negritas adorables estrenando sus trenzas de ébano y sus dientes de comerciales de dentífrico.
Un 20 de julio en Cartagena es sencillamente espectacular
porque la vida corre a otro ritmo y aquí no importa tanto qué diablos están haciendo esos cachacos en la posesión del Congreso. Qué delicia y qué envidia. Lamento haberme perdido los otros 32 porque es un festival para el ojo con tantísimos colores, con sonrisas infinitas. A las 6:13 de la tarde, una nube que parecía la amenaza de un diluvio bíblico se tendió sobre la bóveda azul con un su manto negro y todos corrieron despavoridos a cubrirse como si cayeran meteoritos. Solo unos pocos cachacos, a los que miraban como locos, quedamos a la intemperie, agradeciendo las primeras gotas en la piel sudorosa. Por eso, este 20 de julio comenzó felizmente negro para todos nosotros y frustrantemente negro para los cartageneros que vieron como sus hijos, embutidos en uniformes de tafetán, paño y lino blanco, quedaban expuestos a la voluntad de Dios y de San Pedro.
¡Qué PARAnoia!: El “instructivo para”
11Pregunta al aire para los lectores: Así como me tocó a mí el “Instructivo para” ¿a otros les habrá tocado el “Instructivo guerrillo”?
PDTA: El editor de Diario Nocturno, que asistió conmigo a la famosa capacitación, también publica esta primicia. Por este post fuimos citados en Humor Vitreo, de eltiempo.com y por Hechos Uribe.
¿Qué por qué amo a Chapinero?
0¿Que por qué amo a Chapinero? Sencillo. Por el sopor technicolor de la gasolina en el aire; por el aroma inconfundible del sabor hecho buñuelo; por los pandeyucas; por la sangre embutida en la tripa translúcida convertida en delicados eslabones de la cadena de colesterol: los chorizos; por los pregones destemplados; por los pollos asados de 6.000 pesos; por las láminas de Panini del álbum del momento; por las lámparas construidas con conchas de caracol gigante, por los brillantes Budas en porcelanicrón; por las pajareras con bisutería de fantasía novelesca; por los perritos con su cabeza tambaleante para “engallar” el tablero de algún taxi; por las corbatas “coreanas con seda italiana” a 7.000 pesos; por los fieles con la felicidad y paz eterna empaquetada en pequeños y lustrosos misales; por los intelectuales buscando esa edición de Cien Años de Soledad que algún ignorante haya dejado perder en un andén; por los millares de papelitos con las promesas de chamanes urbanos que garantizan “el regreso del ser amado en menos de 24 horas”; por las camisetas Ricky Martin; por las gafas con el sello verbal e irreprochable de “la de moda”; por los mariachis con muestras gratis de Negrita de mis pesares…; por los payasos del corrientazo; por los invisibles invencibles; por los teatros; por las compraventas que guardan nostalgias ajenas; por las palomas de Lourdes; por los “gimnasios mentales”; por las academias de exóticas artes marciales; por los estudiantes de odontología buscando yeso para sus trabajos finales; por los octogenarios fotógrafos vendiendo su arte de luz y sombra en precarios daguerrotipos; por los poetas con versos en servilletas; por las declaraciones de amor en las bancas de los parques; por los ascensores de canasta en los almacenes populares; por las miradas asombradas de campesinos en su “primera noche”; por los últimos 600 pesos “invertidos” de un estudiante en el último níquel de una maquinita… ¿Les parece poquito?







